La Conferencia Episcopal no ha conseguido explicar con claridad cuál es su postura, que si no es incomprensible, está llamada a ser incomprendida. El primer error es que en la materia ha habido dos portavoces, el oficial, y el obispo emérito de San Sebastián, más nacionalista y cada vez más cerca de los verdugos, desde que dejó el cargo. Antes, en un caso similar, el obispo en cuestión se iba a la Cartuja con voto de silencio, ahora se va a Euzkaltelebista. La imagen es que la Conferencia Episcopal se ha alienado con Setién, quien, con el estilo coactivo y chulesco tan propio de la tribu nacionalista, recurrió a la manifiesta amenaza de que los obispos vascos se echaban al monte.
El argumento de que el pacto es político o está mal expresado o rompe de raíz el discurso eclesiológico que desde el Vaticano II predica precisamente el compromiso. La cuestión más de fondo es que hay una percepción general de que la Iglesia católica en el País Vasco tiene responsabilidad en el conflicto, que resulta más fácil oficiar un funeral por un etarra que por Gregorio Ordóñez y que muchas parroquias parecen sedes del PNV. O sea, que, en la materia, la Iglesia ha funcionado con un exceso de politización, sólo que unidireccional y en una línea que no sólo ha fracasado, además la mayoría de los ciudadanos la perciben como inmoral.
Las contradicciones en las que vive la Iglesia sobre el conflicto en uno de sus antiguos viveros de vocaciones –y ahora el más yermo— han aflorado en esta aparente ambigüedad enervante, celebrada sólo como “normal” por Xabier Arzalluz, lo que es un síntoma pésimo. El Gobierno juega con la ventaja de que un cierto anticlericalismo vende y además en cuestión de terrorismo la “unidad de los demócratas” no pasa por la inhibición episcopal.
En realidad los obispos han dicho –aunque Setién no ha dejado que se les escuche— que tienen como Iglesia otros cauces para hacer oír su voz “espiritual”, y si bien el espiritualismo puede ser un escapismo, parece lógico que muchas de las cuestiones planteadas en el pacto antiterrorista no sean suscritas por los obispos, no porque no estén de acuerdo, simplemente porque no es materia de su competencia, y pretenderlo es una forma de clericalismo. Pero para ser coherente, la Conferencia Episcopal, tenía que haber hecho público su propio documento de “condena” del terrorismo e incluso del nacionalismo, que es materia sobre la que Juan Pablo II ha hablado con mucha claridad y bastante acierto. Así está pareciendo que el presidente de la Conferencia episcopal es José María Setién.

¿Alineados con Setién?
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