En los años 60 hubo un chiste: llega el líder soviético Nikita Jruschev a la Casa Blanca y el presidente, John F. Kennedy, le invita a tocar un piano con una tecla roja. Jruschev da a la tecla y le cae encima un jarrón de agua fría. Todo el mundo se ríe.
--Perdona Nikita, era una sorpresa, era para que conocieras nuestro humor americano”-- dice Kennedy.
Meses después, la misma historia se reproduce a la inversa en el Kremlin. Pero, al tocar la tecla roja, Kennedy no nota ninguna sorpresa. Decepcionado le dice a Jruschev:
--¿Por qué sois tan aburridos? En América, por ejemplo, nos gusta dar sorpresas a los invitados.
--Mejor que te calles Jack --afirma Jruschev-- acabas de destruir tu p… América.
Los tiempos han cambiado desde aquel entonces. Lo que al parecer no ha cambiado es el “humor ruso”, su mala leche y la costumbre de “contestar de forma asimétrica”. De esta “contestación” no paran de hablar últimamente los generales rusos, irritados por la ampliación de la OTAN y los planes estadounidenses de una nueva defensa antimisiles. Y para que sus advertencias no caigan en saco roto, los rusos han realizado recientemente varias pruebas “exitosas” de sus misiles estratégicos. Al mismo tiempo, sus bombarderos se acercaron tanto a las fronteras de Noruega y Japón que produjeron pánico en los Estados Mayores de los dos países.
En este ambiente de preocupación, se han desplazado a Moscú dos importantes delegaciones. Su propósito es tranquilizar y contentar a los rusos. Los primeros han sido senadores americanos que hasta han invitado a Rusia a participar en su defensa estratégica y a fabricar sus componentes. El segundo ha sido Robertson. Su sonrisa, sus discursos están llenos de paz y amistad.
Y es que, señores, hay que tener mucho respeto a Rusia. ¡Su piano siempre está preparado!

Occidente intenta complacer a Rusia
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