Desde el punto de vista científico, el destino final de un cadáver es la putrefacción. Este fenómeno es definido por los forenses de la siguiente forma: la descomposición de las materias orgánicas del organismo provocada por gérmenes y hongos saprofíticos con formación de gases.
Inmediatamente después de morir, ocurren una serie de acontecimientos biológicos que conducen a la descomposición del cuerpo sin vida y que, para los médicos forenses, hacen las veces de cronómetros de la muerte. El primer signo de la putrefacción bacteriana y fúngica aparece a las 24 horas de la muerte. Se trata de la llamada mancha verde abdominal, que en sólo una semana se extiende por todo el cuerpo. A las 48 horas hace acto de presencia la cadaverina, un líquido que resulta de la propia química de la descomposición; y a las 72 horas el cuerpo empieza a hincharse como un globo, especialmente en la cara, las mamas (mujeres) y el escroto (hombres). La red venosa superficial se hace más visible y en la piel se forman unas vesículas características. Entre la primera y segunda semana, entran en acción los insectos y artrópodos cadavéricos, también conocidos como escuadrones de la muerte. Éstos se encargan durante los meses siguientes de dejar limpios los huesos.
No obstante, hay circunstancias en las que, por la confluencia de determinados agentes físicos, la putrefacción no se inicia o simplemente se detiene. Esto da lugar a lo que los especialistas denominan conservación cadavérica, que puede hacer que un cuerpo permanezca casi intacto durante cientos o miles de años. La aparición de estos cuerpos incorruptos, sobre todo cuando corresponden a personas que de algún modo han sido consideradas siervas de Dios, suele ser interpretada por los creyentes como una seña de santidad.
Durante siglos se ha venido creyendo que los cadáveres de los santos despiden un aroma dulce –el llamado "olor de santidad"– y que su estado incorrupto es un indicio de favor divino. Ahora bien, no hay que mirar al cielo para explicar el fenómeno de la conservación cadavérica. Es de dominio público que, antes de su inhumación, los cadáveres de los papas y otros representantes de la Iglesia son generalmente sometidos a un proceso de embalsamamiento, parcial o total, que frena el proceso de descomposición orgánica. Incluso, se sabe que hasta hace poco en los conventos y monasterios se embalsamaba de forma secreta el cuerpo sin vida de algún compañero religioso que había destacado por su dedicación a los demás.
Por otro lado, existen procesos naturales capaces por sí solos de preservar un cadáver. Uno de ellos es la momificación, que consiste en una rápida desecación del cuerpo, debido a la acción del Sol, que impide el desarrollo de gérmenes. Otro proceso conservador es la denominada saponificación o adipofira, que básicamente consiste en la transformación de la grasa subcutánea en una capa untuosa que, tras secarse, adquiere una consistencia dura y amarillenta. Esta transformación puede darse, por ejemplo, en cadáveres que han permanecido sumergidos en agua o que han sido enterrados en tierra muy húmeda. Por último, la putrefacción también se detiene en la denominada corificación, un proceso conservador que puede aparecer en cadáveres que han permanecido en el interior de una caja de cinc soldada. En estos casos, la piel toma el aspecto del cuero recién curtido.

Sin intervención divina
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