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Vuelve la inestabilidad

Diversos hechos han puesto en precario de nuevo la estabilidad institucional de este país sudamericano que fue el último de la región en salir de la etapa autoritaria. El Presidente Luis González Macchi decretó un plan de emergencia económica y adoptó medidas de excepción para controlar movilizaciones sociales de protesta en medio de crecientes rumores de sublevaciones militares.

Paraguay no ha gozado en los últimos años de estabilidad. González llegó al poder no en virtud de una elección popular, sino tras la renuncia del presidente Raúl Cubas en 1999, provocada por movilizaciones que hicieron inmanejable la situación para su gobierno: se le vinculaba con el asesinato en la vía pública del vicepresidente Luis María Argaña, de lo cual se responsabilizaba a seguidores del general retirado Lino Oviedo, aliado y protegido de Cubas.

González era presidente del Congreso y le correspondió constitucionalmente asumir el poder. Pero no lo hizo provisionalmente hasta convocar unas nuevas elecciones, sino para completar el periodo presidencial de Cubas, que termina en 2003. Más tarde, se convocaron elecciones para vicepresidente, donde resultó electo Julio César Franco, del opositor Partido Liberal. Las tensiones internas se hicieron evidentes desde el primer momento: un presidente sin el respaldo de las urnas aparecía débil ante un vicepresidente opositor legitimado por el voto popular.

La crisis se ha agudizado en estos días, cuando el vicepresidente ha demandado la renuncia presidencial, acusando a González Macchi de incapacidad y mal desempeño de sus funciones, además de verse involucrado en situaciones de corrupción, donde destaca la compra de un automóvil blindado que estaba reclamado por robo.

Paraguay es un país empobrecido, con el 42% de la población en situación de pobreza, donde el agua potable sólo alcanza al 25% de sus habitantes y apenas el 9% de sus caminos están pavimentados. Vive un atraso heredado de un largo régimen autoritario personalista de casi cuarenta años, que los gobiernos formalmente democráticos que le han sucedido han sido incapaces de superar.

La transformación económica que ha llegado a prácticamente todos los países de la región no lo ha alcanzado a Paraguay. El Estado sigue teniendo una fuerte presencia en una economía bajo los condicionamientos del proteccionismo. Esto ocurre no tanto por razones de tipo ideológico, sino porque el principal mal que afecta al país, la corrupción –instalada incluso en las más altas esferas del poder político y de las Fuerzas Armadas– vive y se reproduce en las abundantes regulaciones y discrecionalides administrativas de que gozan los que detentan el poder.

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