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La vergüenza ucraniana

Los resultados de las últimas investigaciones del “caso Gongadze” tienen sólo un sentido. Pondrán fin a las sucias especulaciones sobre el destino del periodista asesinado. Por supuesto, sus amigos y familiares nunca dudaban de su muerte. Pero sus asesinos –el mismo régimen ucraniano– empezaron una macabra maniobra propagandística para salvarse el pellejo. La realidad –la grabación de la voz del presidente, Leonid Kuchma, dando órdenes para que liquiden al jóven periodista– ya no parecía tan evidente. La propaganda oficialista repartía rumores de que estaba vivo y que se escondía con el único propósito de hacer daño al presidente.

Lo importante era ganar tiempo. Y lo han ganado. Y es que el “caso Gonganze” sirvió, en cierto modo, como punto de partida para unos cambios importantes en la política ucraniana. Así, Kuchma se ha quitado definitivamente su máscara de demócrata y prooccidental. Acorralado por la oposición, por su ineficacia y por múltiples casos de corrupción, decidió buscar un apoyo tradicional y seguro para seguir gobernando. A Moscú, al presidente ruso Putin, no le importan los asesinatos de periodistas ni la corrupción. Le importa Ucrania como parte del antiguo imperio. No dudó en ayudar al “hijo pródigo”. En un par de meses, Moscú resolvió todos los litigios que tenía con Ucrania, reanudó los suministros de petróleo y gas y firmó varios acuerdos de colaboración industrial. Luego, ayudó a Kuchma a deshacerse del liberal primer-ministro, Víctor Yuschenko.

Ahora, la verdad sobre el asesinato del periodista no cambiará nada. Kuchma ya tiene garantizado su futuro. Tampoco importa el precio del seguro: la misma soberanía de Ucrania hipotecada en el Kremlin.

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