El 60 aniversario del comienzo de la guerra alemana-rusa, en el marco de la II Guerra Mundial, es un buen motivo para recordar cÓmo la torpeza de un dictador puede causar la tragedia de todo un pueblo. Nos referimos al líder comunista, Iósif Stalin, que en la madrugada del 22 de junio de 1941, unas horas antes del ataque nazi, consideraba a su colega alemán, Adolf Hitler, como amigo y fiel aliado.
Los servicios secretos rusos estaban informando desde hacía bastante tiempo del próximo ataque. Pero Stalin no les creía, los consideraba “provocadores” y los mandaba fusilar, igual que a sus mejores generales. En su paranoica desconfianza hacia los suyos, se fiaba sólo de Hitler y hasta brindaba por su salud en los múltiples banquetes kremlinianos. Por algo dicen que todos los dictadores tienen una incomprensible “química” entre ellos.
La torpeza del tirano comunista le costó caro al pueblo ruso. Así, el Ejército Rojo no estaba nada preparado para el ataque. Las bajas fueron millonarias. Las tropas nazis consiguieron destruir prácticamente toda la aviación y todas las fuerzas blindadas rusas. En pocos meses se hicieron con toda la zona europea del país, cercaron San Petersburgo y se aproximaron a unos 15 kilómetros de la capital, Moscú.
La amenaza de perder su identidad nacional obligó a los rusos a movilizarse para defender su patria. Decenas de millones de personas en los frentes y en la retaguardia enemiga lucharon contra los invasores. De sus filas salieron grandes estrategas como los mariscales Júkov, Kóniev, Vasilievski o Cherniajovski. En las grandes batallas de Moscú, Stalingrado y Kursk el enemigo fue derrotado y, tras una contienda de 4 años, rematado en su propia guarida de Berlín.
Stalin no dudó en hacerse con los méritos de la victoria proclamándose generalísimo. Pero el tiempo ha conseguido colocar todo en su sitio.

La torpeza del dictador y la tragedia del pueblo
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