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Solidaridad con Basagoiti y error del PNV

En primer lugar, transmitir mi solidaridad más completa a Antonio Basagoiti y su familia. El portavoz del PP en el Ayuntamiento de Bilbao —ciudad en la que, por cierto, el nacionalismo fue minoría en las últimas elecciones— ha escrito algunos magníficos textos en la sección de “Cartas” de este diario.

Es un incremento sustancial de la violencia intentar amedrentar a las familias para doblegar a los que mantienen la defensa de la libertad. Estos atentados —sin detención alguna con una Ertzaintza que sigue bajo esa ineficacia probada que es Javier Balza— se producen en vísperas del debate de investidura de un Ibarretxe que se mantuvo en una hipócrita moderación durante la campaña para mostrarse en la radicalidad ordenada por Arzalluz, propugnando la intensificación del conflicto, pues no otra cosa es la independencia.

No estamos ni tan siquiera ante un intento separatista, con ser ello suficiente dosis de conflicto, sino ante la pretensión de pasar de una situación de pluralidad a otra de homogeneización, con un horizonte de lesiones en gran escala de los derechos humanos. Desde la noche electoral —un momento incomprensiblemente bajo de Jaime Mayor Oreja— el Partido Popular, desde el Gobierno de la nación al ex ministro del Interior llevan sesteando. Lo que Aznar calificó en el debate del estado de la nación como “compás de espera”. Ha sido uno más de los peajes pagados a una delirante interpretación de los resultados vascos. Hora es de poner punto final a esa estulticia: el nacionalismo ha cosechado los peores resultados de su historia y el constitucionalismo los mejores.

Xabier Arzalluz y su mamporrero Ibarretxe han llegado a la conclusión, tras sus pactos con Polanco y sus conversaciones con González, que en el Siglo de Oro (ya que Zapatero nos ha salido por El Quijote) hubieran sido delitos de lesa majestad, de que hay una voluntad de entreguismo tras la ficción de un reforzamiento del nacionalismo. A pesar de las notorias coacciones, del clima orangista y panserbio, que obliga a los representantes constitucionalistas a ir escoltados, el nacionalismo descendió en casi dos puntos. Bajó sensiblemente en Álava y fue derrotado en las grandes ciudades. Ha habido un rechazo de la violencia, no una apuesta por la independencia ni por el imperialismo milosévico de la Gran Euzkadi amenazando a Navarra, con el concurso del capellán trabucaire de Setién, tan fervoroso del nacionalismo y tan anticristiano. El PNV no está jugando a la estabilidad ni a la unidad de los demócratas, como era preciso, sino a la desestabilización y al deterioro de los resortes morales de una sociedad amedrentada, pero rechazando a Javier Madrazo como a un lacayo inservible y esperando a un PSE que no acudirá, pues ha resistido ya el chantaje. El PNV va hacia una victoria pírrica, fruto de la pérdida del sentido de la realidad acrecentada tras el 13 de mayo. PP y PSE han recibido más votos que nunca para, a pesar de todas las dificultades, construir partido e ir “liberando” zonas de la tiranía nacionalista. Es el caso notorio de Bilbao que, en su mejor tradición liberal, ha dejado de ser nacionalista.

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