La crisis de Iberia le ha estallado al Gobierno entre las manos. La situación límite de la noche del jueves, era algo previsible para cualquier observador mínimamente avispado. La madrugada se vivió en Moncloa con mucha inquietud, se temía que España entera amaneciera paralizada en los aeropuertos y con unos medios de comunicación contando el caos en el que estaba sumergido el país turístico por excelencia. En este contexto, de verdadera angustia del Gobierno, es donde hay que encuadrar la reacción del ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, una reacción que ha dejado en evidencia al resto de compañeros de Gabinete.
En este sentido hay que señalar que Cascos cogió el toro por los cuernos porque otros compañeros de su Gabinete no se atrevieron a hacerlo. Fueron momentos muy complicados, en los que nadie se decidía a tomar el protagonismo de la polémica. Cascos no lo habrá realizado intencionadamente, pero desde luego ha dado una lección a los Rajoy, Villalobos, Cañete, Piqué, Aparicio o Cabanillas que más que solucionar problemas los crean.
Desde hace tiempo las críticas sobre el Gobierno tienen una dirección: incapacidad para solucionar los imprevistos, parálisis en la gestión por miedo a equivocarse, ausencia de pulso político, abotargamiento en las actitudes. Cascos de un plumazo ha confirmado lo dicho y escrito. Su reacción, se ha convertido en un ejemplo para el resto del Gobierno y ha sido un reproche para un presidente que tiene un Ejecutivo sin ningún ritmo político, ciertamente es el que se ha buscado. Tras la actuación en la crisis de Cascos, los Rajoy, Villalobos, Aparicio, Cañete o Cabanillas tienen mucho que aprender. Y Aznar mucho de lo que lamentarse, la separación de Cascos en su momento de las labores de coordinación del Ejecutivo ha provocado un hueco, un vacío que nadie ha llenado. Más bien al contrario.
Con ministros como Cascos sobra medio Gabinete más pendiente del que dirán, de las poses fotográficas y de su futuro personal. En este Gobierno muchos ministros se sienten de porcelana y todo su interés se centra en no romperse. La política debe tener algo de riesgo, de iniciativa y de tensión. Un Gobierno debe tener pulso político, una gestión sin política de fábrica, un Ejecutivo más cerca del colapso que de la resolución. Y los ciudadanos lo que quieren es efectividad, no apariencia.

Lección para el Gobierno
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