Tras la última masacre de Jerusalén, qué hacer. Mientras el gobierno de Sharon se reúne para decidir qué respuesta dar a este nuevo crimen colectivo, los palestinos de Hebrón y Ramala salen a la calle entusiasmados para celebrar los veinte muertos causados por el “martir” de Hamas en la pizzería. Dos planetas diferentes, dos mundos antagónicos, ¿qué hacer para aproximarlos? Esfuerzo inútil, dicen algunos. Bendita ilusión.
La utilización de la violencia seleccionada no ha servido para nada, indican quienes acusan a Sharon y su gobierno de aventurerismo ciego y de irresponsabilidad. Pero ¿sirve para algo la contención y la prudencia como algunos sugieren a estas horas? Es más que dudoso y, sobre todo, ¿aceptarían eso los ciudadanos israelíes hartos de una violencia ciega y, aparentemente, incontenible?
Hay más preguntas, las mismas preguntas que hace días, semanas, meses. ¿Puede o quiere de verdad Arafat acabar con esta sangría o Hamas y Hezbollah son apenas los adelantados de una batalla en la que Autoridad Palestina y sus amigos llevan las de ganar? Si así fuera, no habría argumentos para contener a los halcones israelíes. El problema está en que, hasta ahora, sólo la mano dura ha logrado sentar a los palestinos en la mesa de negociaciones. Pero –y ésta es también una pregunta pertinente en las actuales circunstancias– ¿hay espacio ahora para la negociación?

En el fondo del abismo
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