Lo de “El País”, el símbolo del capitalismo oscuro español, es de lógica ilógica. “No pueden pagar justos por pecadores, hay que evitar el histerismo entre los dirigentes políticos”, sin “caer en la tentación de lanzar contraofensivas si no se sabe a ciencia cierta de quién o de dónde proviene el golpe”. Viene luego la exculpación de las muestras de satisfacción ante la muerte indiscriminada de personas inocentes. Cuando salieron las escenas de niños y adultos palestinos festejando a tiros el genocidio, la presentadora española puntualizó púdica: “quizás no sabían las dimensiones de la tragedia”. “El País” va más allá: “las imágenes de televisión de numerosos niños palestinos bailando en Jerusalén eran suficientemente representativas de esa especie de desquite de los sufrimientos que ellos han padecido tantas veces entre el silencio occidental”.
Pero ese argumento tan emotivo y sentimental ¿no es una justificación directa de los suicidas que se han lanzado con todo el pasaje de los aviones contra las torres gemelas y el Pentágono? ¿Estamos dispuestos a asumir que otros aviones suicidas se lancen sobre las torres Kio o sobre la redacción de “El País”, tan globalizado y pudiente? ¡Que Occidente se inhiba, que se suicide no es otra cosa que la mejor respuesta con respecto a sus complejos valores! “Es preciso desterrar la idea de que estamos ante una prueba brutal del choque de civilizaciones. Alejar esa tentación es parte de la complejidad de una sociedad avanzada y plural, una característica con la que no hay que limitarse a convivir, sino de la que cabe sacar fuerza”. ¿Qué fuerza? Nada más políticamente correcto que manipular las palabras hasta vaciarlas de contenido.
Contra todas las evidencias, el atentado es una demostración del error de la política de Bush y sobre todo de su sensato y diabolizadísimo escudo antimisiles. Si así atacan con armas blancas y aviones comerciales, ¿qué no harían con misiles y armas nucleares? Pues ni por esas. El sentido común es el menos común de los sentidos para “El País” y el antiamericanismo es una enfermedad que no admite cataplasmas. El editorialista polanquista afirma sin que le tiemble el pulso o se le caiga la cara de vergüenza que “la forma en que se han producido los atentados pone de relieve lo absurdo e inútil que resulta la apuesta de Bush por un escudo antimisiles frente a posibles agresiones por supuestos estados gamberros”. ¿Por qué la premisa menor elimina la mayor? ¿Qué extraño silogismo es éste? ¡Estupidez en estado superlativo!.
Pero por si Polanco no tiene quien le escriba, siempre está Juan Luis Cebrián para mejorar la estupidez. Nada mejor que un viejo falangista para dar lecciones de demócrata exquisito y de antiamericanismo. El atentado terrorista, para Cebrián, es una consecuencia del orden mundial capitalista, del que él es un privilegiado: “Y es sobre este triunfo del odio, anclado muchas veces en el fundamentalismo ideológico o religioso, y que encuentra su mejor campo de acción entre los desheredados de la tierra, los que no tienen nada que perder porque ya lo perdieron todo, sobre el que se vienen estableciendo conscientemente, desde hace años, las bases de un llamado nuevo orden mundial, que amenaza con consolidar el lenguaje de la violencia como el único posible en las relaciones entre los hombres”. Bueno, esto es una justificación de la violencia indiscriminada, así que conviene echar algo de agua sobre el argumento: “el egoísmo ciego de muchos países desarrollados no excusa el entusiasmo gratuito de quienes jalean, mancillando el nombre de la justicia, a un puñado de tiranos de los países pobres”.
Pero el subdesarrollo en ningún caso es culpa de los tiranos y las políticas colectivistas, nunca criticadas desde lo políticamente correcto que “El País” representa en estado casi puro. No, la culpa –¡cómo no!– es de Occidente, porque haberse quitado de encima la hambruna que lo asolaba hace unos pocos siglos es un grave pecado original, y más por haber sobrevivido a los totalitarismos.
La solución está llena de buenas intenciones, desde luego: “[que] los ciudadanos de los países ricos no contemplen los programas de solidaridad como una manía de los tiempos, sino como el único antídoto posible contra el odio. Para que nunca más veamos a nadie, niños o mayores, celebrar el asesinato de ningún inocente”. Pero muchos de esos programas han servido para consolidar tiranías y extender los genocidios. El terrorismo no es, de esa forma, la sinrazón sino la razón última. Incluso un elemento de chantaje frente a la globalización, el último desideratum de este marxismo de vulgata, de este fascismo subliminal de la postmodernidad insidiosa, de ese integrismo subyacente de los relativistas morales.
Hay un liberalismo práctico, una defensa de la libertad innata, que está en las poblaciones, frente a la constante diabolización del liberalismo teórico –la corriente central de los valores morales de Occidente– de la inteligencia media. Occidente sobrevive a pesar de una parte de sus élites o de quienes se pretenden como tales, aunque sean una colección de estupidos en una especie de suicidio por sustitución. Kamikazes integristas. Quintacolumnistas del fundamentalismo.

Estupideces "correctas"
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