La crítica realizada por Ramón Jáuregui va dirigida contra Nicolás Redondo, pero está mucho más justificada referida a Zapatero. La tesis de la pérdida de autonomía del proyecto socialista (la equidistancia del gris Pepiño Blanco) es una traducción al lenguaje político de la consigna cebrianita de anteponer el odio al Partido Popular a cualquier otra consideración (salvo la unificación de las plataformas digitales). Pero caído en esa trampa resulta difícil prever cómo va a salir de ella Zapatero, pues su único activo es precisamente el llamado Pacto por las Libertades, en el que se hacen referencias contra Eta pero también contra el PNV, en lo que se refiere a la estrategia secesionista.
El PSOE, de hecho, está declarando muerto el Pacto por las Libertades y moribundo al propio Zapatero. Es un harakiri similar al de las cortes franquistas, en el que la dirección socialista ha decidido autoinmolarse. Para ello se precisa un chivo expiatorio que sacrificar en el altar de Polanco, del que Felipe es uno sus más orondos sacerdotes. No basta con haber puesto a Redondo en el disparadero, ahora es preciso que él asuma por propia iniciativa sus culpas en un proceso de masoquismo, que en su día el PP pretendió con Aleix Vidal-Quadras. Quitarle incluso la dignidad de víctima política. Queda por ver si Redondo se presta a esta tosca maniobra y por analizar qué rédito político puede obtener un partido que cada día es menos español. Es posible que Redondo pudiera ganar el Congreso, pero improbable que aguante la sucia presión de la guardería de Ferraz.
El PSE no ha estado nunca sometido al PP –¿dónde está, por cierto, Fernando Savater con su ética?–, planteó una alternativa que evitó la concentración del voto útil. Sí ha estado sometido al PNV, que es la extremaderecha, desde Sabino Arana a Arzalluz con su Rh. ¿Pactaría Zapatero con Haider si estuviera en Austria?
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