El Gobierno y el Partido Popular se van liberando de un complejo que les ha perseguido desde la victoria en las elecciones generales de 2000: el complejo de la mayoría absoluta. Durante el primer año y medio, el Ejecutivo de Aznar ha estado agarrotado por dos motivos: la sucesión y el rodillo parlamentario.
La incógnita sobre el futuro sucesor de José María Aznar ha provocado durante meses una lánguida gestión del Ejecutivo, más pendiente de no equivocarse que de ejecutar un programa electoral. El interrogante sobre el "elegido" ha mantenido paralizado a un Gobierno que, ante la ausencia de señales del jefe, prefería mantenerse escondido para evitar complicaciones. Esta cuestión, que sigue sin resolverse, poco a poco la han ido asimilando los protagonistas, que ahora conviven con mayor naturalidad con la "duda permanente". En este sentido, hay que reconocer que también ha contribuido a esta situación el último Congreso del PP, y aunque la decisión no está tomada, aflora ya cierta resignación acerca de una realidad: hasta el otoño del 2003 no hay nada que hacer.
Por otra parte, el miedo a ser acusados de emplear el rodillo ha producido en el Ejecutivo una apatía casi congénita. Escondidos en conceptos como diálogo y consenso han estado durante muchos meses bloqueados en una política de "pactos" de aparente interés general, pero que expresaban un miedo evidente ante posibles acusaciones de ejercer un estilo "totalitario".
Pero el tiempo pasa y la legislatura avanza. El PSOE se muestra con claros síntomas de debilidad y las encuestas internas del Gobierno indican que su electorado está demandando una actitud más resolutiva para ejecutar las promesas electorales. Estas pistas son las que justifican el cambio que se percibe en el Ejecutivo, y que ha sido confirmado por el propio José María Aznar, quien ha advertido a todos que el programa electoral va a cumplirse a "rajatabla" y hasta el final. Un aviso para navegantes amigos y enemigos. Una aviso que esconde una cambio de estrategia. Cada vez queda menos tiempo, se acercan las elecciones generales y hay que tomar posiciones. Parece que el Gobierno está dispuesto a dejar los complejos en cuestiones como la educación, la política fiscal y el pacto local. Esta nueva actitud se intuye como el principio del sprint final, que sin duda va a ser con el programa electoral en la mano. El examen de los votos impone, y ya no hay tiempo para fuegos de artificio.
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