En noviembre de 1975, cuando Franco agonizaba, el entonces poderoso y simpático ministro (le llamaban la “sonrisa del régimen”) José Solis viajó a Rabat para entrevistarse con el rey Hasan II y neutralizar la amenazadora “Marcha Verde” que el “malik” (rey) había desencadenado para hacerse con la todavía colonia española.
Así nacieron los Acuerdos de Madrid, por los que España repartía el territorio –después se dijo que la transferencia era solamente de la administración– entre Marruecos (Xaquia Al Hamra) y Mauritania (Ued ed Dahab, Rio de Oro). Después, Mauritania cedió su parte a Marruecos, con lo que el reino alauita se quedó con las dos grandes regiones que componen el territorio. La doctrina oficial de la ONU –que España apoyó o apoyaba– consistía en reiterar que mientras no se produjera un proceso de autodeterminación mediante referéndum el proceso de descolonización no habría terminado.
A lo largo de veintiséis años, Naciones Unidas y otras organizaciones (OUA) intentaron que Marruecos aceptara el principio del referéndum, algo a lo que finalmente accedió en teoría aunque, todo hay que decirlo, no hizo el más mínimo esfuerzo para su celebración, más bien lo contrario. Pese a la presencia en el territorio de una misión de la ONU (Minurso) la elaboración del censo para este difícil referéndum ha sido casi imposible y la situación está bloqueada desde hace meses. La misión del enviado especial del Secretario General, el norteamericano James Baker, tampoco logró nada: el llamado “Plan Baker” (una autonomía de cinco años que obviaba el referéndum) fracasó estrepitosamente porque el Frente Polisario y Argelia lo rechazaron tajantemente.
Hace días, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, presentó al Consejo de Seguridad cuatro alternativas: la retirada de la misión en el Sahara y el reconocimiento de su fracaso, la aplicación del “Plan Baker”, la eterna preparación de un referéndum imposible y.la partición o reparto del territorio entregando la parte norte (el llamado Sahara útil, el más rico y con mayores recursos) a Marruecos y la región sur (el antiguo Río de Oro) al Frente Polisario para que constituya un Estado independiente.
La partición del territorio como nueva alternativa no fue rechazada de plano por el Polisario (lo que equivale a una aceptación bajo condiciones), pero el gobierno marroquí la descartó porque significaría la creación de un Estado fantoche al servicio de Argelia. Sin embargo, todo indica que las cosas están evolucionando en los últimos días y Marruecos parece dispuesto a matizar su respuesta a la partición y a la creación de un Estado independiente por parte del Frente Polisario, lo que constituye una novedad espectacular y sorprendente.
Esta aceptación estaría condicionada a la nula presencia militar argelina en el nuevo Estado independiente, la indemnización por las inversiones marroquíes realizadas en Río de Oro (y especialmente en la capital de la región Dahkla, ex Villa Cisneros) y un compromiso por parte del nuevo Estado de que no dará apoyo a los futuros grupos independentistas que reivindiquen la anexión de Xaquia Al Hamra.
Si la disponibilidad marroquí a discutir la propuesta de partición se confirma, se iniciará un largo proceso de negociación que podría concluir en una suerte de repetición de los “Acuerdos de Madrid”, con la diferencia de que nacería un Estado independiente nuevo, apadrinado sin duda por Argelia, que conseguiría así su salida al Atlántico, una vieja ambición estratégica.
Esta por ver qué opina el Gobierno español sobre esta alternativa. Y convendría saberlo cuanto antes porque el futuro del Sahara occidental no puede resultar indiferente a nuestra diplomacia. Nos jugamos mucho en esta historia.
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