Es una muestra de inteligencia escarmentar en cabeza ajena. Y lo sucedido en Francia –el concepto terremoto es el más utilizado para definirlo– debería ser un aldabonazo, que arrumbara tanta ficción políticamente correcta (políticamente estúpida) y tanta ocultación. La emigración española de los años sesenta, tan traída y tan llevada como referente o precedente, no generó ningún Le Pen. Lo que se viene produciendo en las últimas décadas tiene una semejanza analógica, pero no idéntica. No existe, por ejemplo, el sentido de retorno. Hay un componente de nomadismo. Eso que se llama multiculturalismo, y que pasa por la ocupación de barrios enteros, de identidad excluyente. La misma idea de inmigración ilegal conduce por lógica a la delincuencia para poder sobrevivir. El incremento de la delincuencia está directamente relacionado, en niveles de causa-efecto, con la inmigración. Quienes criminalizan a la inmigración son lo que delinquen. Luego está nuestro caótico Estado de Derecho, con una Justicia lenta y llena de complejos de culpa, que es incapaz de combatir la multirreincidencia, generando mentalidades de impunidad.
En la experiencia española, donde hay mafias rusas y colombianas, y lituanas y rumanas, y de cualquier país, los problemas fundamentales se dan con la población musulmana. Negar la realidad es siempre un mal camino. Los magrebíes –no todos, por supuesto– se instalan en guetos, que previamente “liberan” mediante prácticas mafiosas. Para seguir ese esquema son refrendados por una izquierda sin ideología y sin parroquia, y por los “ejércitos de salvación”, cuyo mensaje es que la “integración” ha de venir por una reafirmación de su identidad, la que les he llevado precisamente a la emigración, y de sus costumbres, algunas directamente lesivas de los derechos personales, como sostener la inferioridad de la mujer. Es esa izquierda del hijab, propalestina, que llegar a creerse que los hombres y las mujeres españolas van a identificarse con esas mujeres veladas que gritan en las manifestaciones contra los israelíes. De hecho, la religión islámica es segregacionista, y sus prohibiciones coránicas están previstas para no convivir con los demás y mantener la identidad tribal del grupo. En vez de apoyar a los laicos, y a quienes huyen de la intransigencia religiosa, se les dice que deben seguir siendo esclavos de su propia cultura. Esa que no ha producido nada interesante desde los siglos XIII-XIV. Y se está a punto de introducir el integrismo en la escuela pública.
La izquierda mediática ha desarrollado deprisa y corriendo una teoría sobre el terremoto francés: la cuestión es que se ha hablado en la campaña de inseguridad ciudadana. Lo grave es hablar, no que exista la inseguridad ciudadana. Lo grave es denunciar el multiculturalismo, no esa forma de desfragmentación social, tan nítidamente medievalista. ¡Nunca se había expresado mejor esa voluntad de censura previa que alienta en el esquema! La izquierda va de esa forma al desastre, pero lo peor es que trasvasa su clientela al fascismo.
¿Puede haber extrema derecha en España? Ya la hay. El PNV es de extrema derecha. Y puede haberla en el ámbito nacional, si el PP se mantiene en sus complejos de progre, sumiso al discurso vacuo de los docentes, y si no se combate la inseguridad ciudadana. La emigración ha de estar relacionada con el contrato de trabajo, y no con papeles esotéricos, y debe pasar por jurar la Constitución. Lo que está fallando, antes de la integración, es la convivencia: el respeto al marco legal.

Escarmentar en cabeza ajena
En Internacional
Servicios
- Radarbot
- Curso
- Inversión
- Securitas
- Buena Vida