En los inmediatos años pretéritos, la toma del poder de los ejecutivos en las empresas fue tan completo, que produjo un fenómeno de depredación. El esquema era fácilmente entendible: los ejecutivos se repartieron los beneficios, con notable estafa a los accionistas, a través de diversos cauces, en una perversión de la política de incentivos: stock options y comisiones, especialmente en casos de fusión, lo que disparó estos procesos, sobrevalorando las empresas, con mucho celofán de “márketing” (en muchas ocasiones, pura verborragia). Se funcionaba, no en base a criterios clásicos de ingresos y gastos, de beneficios, sino en “expectativas”, con mutuo acuerdo de los ejecutivos, que obtenían, manteniendo la mentira, pingües beneficios. El esoterismo de las expectativas tomó tal carta de naturaleza que llegó a hablarse de “nueva economía”, para esconder esta estafa de grandes dimensiones.
Últimamente viene manifestándose los efectos de ese grave deterioro de la ética en los negocios:
a) los ejecutivos han subvertido el poder de los accionistas en su propio beneficio;
b) las cuentas no resultan fiables, y se producen quiebras o despidos masivos en empresas que presentaban balances alucinantes, en los que, al final, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia;
c) no ha habido transparencia y han fallado los sistemas de control de las propias empresas;
d) las estafas se han llevado a cabo con la complicidad de las auditoras, que parecen haber funcionado con el clásico esquema de “quien paga, manda”, dando el visto bueno a lo que se les presentaba, como una forma de captar clientes.
Las bolsas no están, propiamente, haciendo explotar una burbuja, sino dándose cuenta de la estafa, cuando ya es, en parte, demasiado tarde, y perdiendo de sus bolsillos lo que una parte de ejecutivos desaprensivos han ingresado en sus cuentas corrientes. Esa forma de proceder fraudulenta llevó a inversiones en países del tercer mundo, de alto riesgo, pero en los que podía corromperse con facilidad a los políticos, como Argentina y Brasil.
El proceso que se ha vivido no es otra cosa que una nueva forma de conspiración para cambiar el precio de las cosas. Aunque hasta el momento en las legislaciones no parece haber instrumentos para penalizar tales conductas. Al contrario, la forma de quitarse de encima a esos ejecutivos desaprensivos ha sido mediante finiquitos multimillonarios. En España, no es incierta la acusación de los socialistas de que las privatizaciones se han desarrollado con criterios de amiguismo. El equipo de Rodrigo Rato se planteó ese proceso con criterios más de control de poder que de mercado. En muchos casos, se está pagando ahora esa forma de proceder en los bolsillos de los ahorradores. Bastaría citar el caso de Juan Villalonga para ejemplificar buena parte de lo descrito antes. Depredar las empresas enriqueciéndose ha sido el ideal del ejecutivo de las décadas pasadas. Las consecuencias: despidos masivos y pérdida del valor de las acciones, hasta generar una completa desconfianza en los mercados, a la que se debe responder, no con declaraciones retóricas sino con medidas de recto comportamiento que erradiquen las nuevas formas de estafa en grandes dimensiones.

La estafa de los ejecutivos
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