Dos artículos publicados en estas mismas páginas, a cuál más interesante, llegan sin embargo a conclusiones discordantes en cuanto a los riesgos que, para España y la democracia, puede representar el desafío lanzado por ese endurecido Peneuve que, junto con sus compinches, pretende arrogarse todas cuantas competencias soberanistas le venga en gana. Por un lado, “Lucrecio” recuerda en su artículo las consecuencias que tuvieron los “estados de excepción” que el franquismo tardío decretó en las Vascongadas. Los mismos —opina con razón— favorecieron la fantasmagoría separatista de una escisión entre “nosotros, los perseguidos” y “ellos, los perseguidores”. Considera por tanto que, “sea cual sea el desenlace final del choque, todos saldremos heridos de este combate”. Mucho más optimista se muestra en cambio Pío Moa, quien escribe: “En este desafío el estado democrático tiene todas las de ganar si obra con energía. Pero no basta la energía”. Al menos —viene a decir— la eventual suspensión del Estatuto de autonomía permitirá contrarrestar el error principal hasta ahora cometido por los demócratas: ese entreguismo de quienes, llenos de ingenua buena fe, han considerado que, cediendo a mansalva, se podía amansar la fiera (tanto la que devora vidas humanas como la que pretende engullir “pacíficamente” una parte sustancial de España).
¿Tenemos, pues, todas las de ganar… o todas las de perder? A primera vista, parece difícil no darle la razón a “Lucrecio”: la aplicación del artículo 155 de la Constitución por el que se suspende el Estatuto de autonomía (de esto se trata, aunque pocas veces se dice a las claras) envenenaría aún más la situación. Sin duda, aunque es difícil que pueda estarlo todavía más… Lo que sí parece cierto es que la respuesta a tales bravuconadas daría a los bravucones un arma inmejorable: haría que el Peneuve se erigiera, junto con sus compinches del pacto de Estella, en firme baluarte de “las libertades atacadas por los fachas”… Ésta es realmente la cuestión esencial: la de la imagen que se cree. Por ello tiene tanta razón Pío Moa cuando afirma que no basta con adoptar las más enérgicas medidas. De nada servirían. Peor: si el combate no se da simultáneamente en otro frente —el de las ideas, convicciones y emociones—, todo lo que se hiciera podría resultar tan contraproducente como los estados de excepción del franquismo.
Sólo tiene sentido adoptar las medidas que una situación de excepción impone —sólo entonces tenemos todas las de ganar— si tales medidas no emanan meramente del Gobierno de la Nación, sino de la Nación misma. No es sólo a una Administración, a un Gobierno, a quien le corresponde tomar cartas en el asunto. Es España misma, son sus gentes quienes tienen que levantarse para, socorriendo a nuestros compatriotas vascos, defendernos y afirmarnos a nosotros mismos. En nombre, por supuesto, de la legalidad democrática conquistada, aun costa de tantos errores, en estos veinticinco años (todo lo contrario, ni que decir tiene, de lo que sucedía en los estados de excepción del franquismo). En nombre de la democracia, sí, pero en nombre también de algo mucho más antiguo, más hondo: en nombre de todos estos siglos de historia, lengua, cultura, identidad… que nos han forjado, y sin los cuales nada seríamos: como nada es la vacía, inane abstracción de un individuo desprovisto de colectividad.
El problema es que esa inanidad —“sólo cuenta lo individual, sólo importa lo tangible y material; todo lo demás son bobadas”— ha calado tan hondo entre nosotros; nuestras elites (o sus sucedáneos) se han dedicado con tanto ahínco a expandir esta socorrida sandez, que muy difícil va a ser que se levante ahora semejante clamor en defensa de nuestra identidad colectiva. Sólo así, sin embargo; sólo si un parecido clamor acompaña las medidas que la defensa de la Constitución impone, se podrá asegurar que, una vez derramadas sus actuales gotas de bravucona mala uva, vuelva el Peneuve al estado de flaccidez que es, de por sí, el que le mejor le corresponde.

El Peneuve se pone duro
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