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Una bandera de partido

La decisión anunciada por el presidente de la Comunidad Foral de Navarra de prohibir que la ikurriña se convierta en una bandera oficial en muchos ayuntamientos de su Comunidad, se puede catalogar como una iniciativa política valiente, llena de sentido común y que devuelve la legalidad a una situación permitida durante años y que nadie podía explicar desde ningún punto de vista. En este sentido, hay que recordar, obligatoriamente, que uno de los grandes errores de los principales partidos políticos que pilotaron la época de la "transición" –que estuvo a un paso de tener graves consecuencias– fue dejar un portillo abierto para que en un futuro genérico e indefinido Navarra pudiera entrar en un proceso de anexión por parte del País Vasco. Esa posibilidad, de la que nadie era partidario y en la que muy pocos creyeron realmente, era una simple componenda para mantener tranquilos y controlados a los nacionalistas vascos de la época. Una triquiñuela que, de haberse ejecutado, habría significado uno de los grandes tropiezos de la democracia española.

Fruto de aquella actitud llena de complejos de centralismo, apareció también el uso de la ikurriña como una bandera oficial de la Comunidad Foral de Navarra, junto a su enseña histórica y tradicional. Desde entonces, la ikurriña en Navarra se ha conformado como un signo de "vasquismo", un símbolo que el tiempo ha demostrado que en Navarra es de unos pocos empeñados en hacer ruido, sabedores de su nula consistencia y de los mínimos apoyos reales con que cuentan entre los ciudadanos navarros.

¿Quién podría explicar que la ikurriña fuera la bandera oficial en los balcones de un puñado de ayuntamientos de las Comunidades Autónomas de La Rioja, Castilla-León o Cantabria, en localidades fronterizas con el País Vasco ?. Pues, sinceramente, no encontramos ninguna explicación a esa aberración simbólica. Sólo el desmedido afán "ocupacionista" del nacionalismo vasco, más pendiente de lo que no es suyo que de administrar correctamente lo propio, es lo único que podría explicar el uso de la ikurriña fuera de los límites de la Comunidad Autónoma Vasca.

La iniciativa del presidente navarro, Miguel Sanz, significa la recuperación de la historia y de la tradición en todo el territorio foral. Pero además, esta actuando de una forma que hace daño al nacionalismo vasco. El presidente navarro está volviendo a poner encima de la mesa una vieja polémica que el tiempo cerró de forma precipitada. La ikurriña, bandera reconocida como enseña oficial del Páis Vasco, fue en su origen la enseña del Partido Nacionalista Vasco. La ikurriña, si leemos literalmente la historia, es la bandera del nacionalismo vasco, no la bandera de todos los ciudadanos vascos. Es verdad que el tiempo y la legislación ha enterrado esta vieja historia, que desde luego no tenemos afán de actualizar. Pero recordando ese origen, hay que advertir a los nacionalistas que no tienen la más mínima razón para mostrar sus quejas a la iniciativa de Miguel Sanz.

La ikurriña no es una bandera navarra. Ver esos colores en algunos balcones de ayuntamientos navarros es un signo de colonialismo nacionalista, como declaraba el propio Miguel Sanz recientemente en la revista EPOCA. Navarra tiene su bandera, y como tal, debe ser respetada también por el nacionalismo vasco, aunque demuestren con sus actitudes y gestos que son incapaces de entender lo que significa respeto y diversidad de opiniones. Por lo que parece, no aceptan ningún concepto que no tenga que ver con la uniformidad. Les guste o no les guste, Navarra no es el País Vasco. Y los navarros hacen muy bien en defender sus símbolos y banderas.

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