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No estamos ante un pulso con el Gobierno, sino ante el intento de fraccionar y desmembrar el Estado. Esto nos afecta a todos, desde el Rey al último de los españoles. El presidente del gobierno autónomo vasco, cuya soberanía emana de la Constitución, plantea una ruptura nítida y clara de la nación. Así lo ha reconocido el presidente del Gobierno, José María Aznar. La nueva subida de tono de Ibarretxe –la definitiva– deja bien a las claras la estulticia en la que se mueve el discurso de José Luis Rodríguez Zapatero.

Aunque se trate de obviar la realidad, y al margen de retóricas, el horizonte no pasa sino por la aplicación del artículo 155 de la Constitución y el retorno a la legalidad constitucional que, por enésima vez, ha roto Ibarretxe. Por supuesto, el PNV precisa del terrorismo para mantener su poder y para ir hacia la independencia. Por supuesto, no existe posibilidad de secesión.

Convendría, con Zaldibia aún en las retinas, señalar que no existe opción legal –la Constitución es muy clara desde el artículo 1 y 2–, pero tampoco moral, porque la independencia es un horizonte de genocidio.

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