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José García Domínguez

Podemos y el mito de la corrupción

Como el estancamiento crónico de la economía, Podemos está aquí para quedarse.

Por mucho que se esfuercen y desgañiten los sufridos peones de brega encargados de fabricar la opinión pública, lo de Podemos no se puede parar. Ya no. A estas horas, el bipartidismo en España yace muerto y enterrado. Acaso para siempre. Porque eso de Iglesias no va a ser flor de un día. Como el estancamiento crónico de la economía, Podemos está aquí para quedarse. Aunque no por efecto de la corrupción, como ordena creer la doctrina dominante. Y es que si esa fuese la razón efectiva de su irresistible ascensión desde la nada, ¿cómo explicar entonces que no surja un Podemos alternativo de derechas? ¿O no suponen evidencias suficientes de esa impotencia la crepuscular insignificancia de Vox, efímero nasciturus, o la manifiesta dificultad tanto de UPyD como de Ciudadanos para trascender la muy mediocre vocación de bisagra?

La corrupción rampante ha operado como espoleta, sí, pero la carga de dinamita prensada que encerraba la expresión política del 15-M procedía de otra parte. Por más señas, de la fractura en dos mitades de la base sociológica de la izquierda. Por un lado, los excluidos, el ejército de reserva, carne de cañón abocada a la precariedad perenne; por el otro, los integrados, la clientela de los sindicatos atrincherada bajo sus empleos indefinidos, los genuinos beneficios de un Estado del Bienestar diseñado a su medida. Un divorcio que, de momento, no tiene su equivalente en la España conservadora. Por eso la paradoja aparente de que todas las patadas a Rajoy terminen haciendo diana en el culo de Pedro Sánchez.

Porque no es el obsceno impudor black de la elite política y sus bankeros sino la vieja distinción que hacía Marx entre el lumpemproletariado y la aristocracia obrera lo que explica la caza furtiva de Podemos en el coto privado del PSOE. Los irritados de la izquierda desertan en masa hacia Podemos. Sus iguales de la derecha, hacia la abstención. He ahí la diferencia crucial. Los disidentes de la blanda socialdemocracia amanerada de Sánchez han quemado su naves. Dieron su adiós a todo eso. Los de la derecha cabreada, en cambio, aún pueden volver al redil. Dependerá de la pericia con que se les meta el miedo en el cuerpo durante la eternidad de doce meses y algún pico que resta para las elecciones. La suerte no está echada. Todavía no.              

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