La encuestas dadas a conocer este fin de semana por varios medios de comunicación dibujan un panorama electoral signado por el repetido desplome de los partidos mayoritarios, PP y PSOE, y la consolidación de los emergentes C's y Podemos, este último coaligado con una miríada de formaciones de extrema izquierda, a cuál más liberticida.
Todos los sondeos auguran que el Partido Popular será el más votado, y que la coalición ultra Unidos Podemos superará en votos y escaños al Partido Socialista, mientras que Ciudadanos experimentará una ligera mejoría con respecto a los comicios del 20-D.
Si los pronósticos se cumplen, el PSOE volverá a cosechar unos resultados catastróficos, pero volverá a tener la llave de la gobernabilidad. Lógico que cundan la inquietud y la incertidumbre: un país como la España de hoy, inmerso en una crisis económica y nacional de extraordinaria magnitud, lo último que necesita es quedar en manos de un partido como el socialista de esta hora, inconsistente, abúlico, sonado, con graves conflictos internos y de identidad.
El PSOE de Sánchez suscita tremendas dudas, más que justificadas, así como una fenomenal desconfianza en muy amplios círculos políticos y sociales. ¿Apostará por el constitucionalismo y, por ende, por una gran coalición explícita o implícita con el PP y Ciudadanos, o en cambio se decantará por la conformación de un Frente Popular con los neocomunistas de Unidos Podemos y el apoyo tácito o expreso de los nacionalistas vascos y catalanes?
Muy probablemente, cualquiera de esas dos opciones provocaría una nueva sangría en un PSOE ya prácticamente exangüe, que no encuentra su sitio y gestionado por gentes al menos tan preocupadas por su propia suerte política como por la de su partido, por no hablar ya de la de la Nación.
Que el PSOE, tan culpable de tantos problemas de muy difícil solución, sea parte prácticamente ineludible en una solución constitucionalista al desafío neocomunista y separatista dice mucho, y poco halagüeño, de la situación en que nos encontramos, susceptible de degenerar en un escenario infinitamente peor: el de la toma del poder por parte de los neocomunistas y sus compañeros de viaje separatistas.

