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Amando de Miguel

Esto no es una verdadera democracia

Podríamos concluir, académicamente, que el nuestro es un régimen cleptocrático u oligárquico.

Podríamos concluir, académicamente, que el nuestro es un régimen cleptocrático u oligárquico.
EFE

De los doscientos países, más o menos, considerados como independientes, casi todos ellos gustan de presentarse como democracias. Ahora bien, el conjunto es tan heteróclito que, por fuerza, hemos de convenir que la palabra "democracia" resulta asaz multívoca. Fuera de un par de docena de naciones, las demás solo llegan a la categoría de democracias mitigadas, difusas formas de autoritarismo larvado. Ahí, entraría, también, la España actual, en donde el funcionamiento democrático se difumina mucho, a través de un principio de selección política basado en la confianza personal. En el fondo, son reminiscencias feudales. Más concreto es, por ejemplo, el hecho de la dependencia de los magistrados de los altos tribunales respecto de los dos principales partidos, PSOE y PP. Son los que han gobernado durante los últimos cuarenta años. Si a todo ello añadimos los recurrentes casos de corrupción política, podríamos concluir, académicamente, que se trata de un régimen cleptocrático u oligárquico. Nada nuevo bajo el sol de la historia. Bien es verdad que, por lo menos, se asegura la condición mínima de la democracia, que es la sucesión pacífica en el poder. Lo que no es poco, si tenemos en cuenta la procelosa historia de la España contemporánea.

Habrá que reconocer la sagacidad de los padres fundadores de la actual democracia española de 1978, cuando llamaron al episodio que estaban viviendo "transición democrática". Es decir, se trataba de caminar hacia el blanco móvil de una democracia in fíeri. Resuena la fábula de Aquiles y la tortuga. Bien es verdad que todavía parece más difusa la idea de una "transición ecológica", que da nombre a un ministerio del Gobierno.

La etiqueta más convencional para designar a una democracia tan aproximada es la de "régimen autoritario", según las bien conocidas prescripciones de mi maestro Juan J. Linz. Se trata de condiciones negativas. Añado que, ahora, lo significativo no es tanto el comportamiento de los que mandan como el de los mandados, los que se ven tratados, enfáticamente, como "ciudadanos". Realmente, se comportan muchas veces como "súbditos" un tanto serviles o serviciales. El funcionamiento del régimen autoritario se facilita por el amiguismo, un genuino componente del modo de organizar la vida colectiva en España, que tiene sus ventajas.

No es todo tan espontáneo como parece. La fórmula secreta que asegura el autoritarismo es el sistemático dominio de la propaganda. Se manifiesta, de modo especial, a través, de la radio, la televisión y los medios escritos convencionales. El Gobierno actual se sabe propietario utendi et abutendi de la corporación RTVE. El origen estuvo en el magnífico regalo de "Radio Nacional de España" que ofreció Hitler a Franco en enero de 1937. Seguramente, era, entonces, la emisora más potente de Europa y determinó la suerte de la guerra civil. A pesar de la vigente ideología sobre el rechazo o el olvido de la "memoria histórica", el Gobierno actual de España no tiene ninguna intención de desprenderse de RTVE. Se trata de un formidable instrumento de propaganda; tampoco hace ascos de controlar, indirectamente, otros medios privados. En su utilización sistemática, el doctor Sánchez ha llegado a un punto de refinamiento que daría envidia al mismísimo doctor Goebbels. Véase, por ejemplo, el reciente ejemplo de la campaña para aplicar el indulto al antiguo presidente socialista de Andalucía, José Antonio Griñán, condenado por un delito continuado de flagrante corrupción. En donde se colige que el efecto de la propaganda es que muchas personas reaccionen y vean los acontecimientos como pretende el Gobierno. No me refiero, solo, a los individuos poco instruidos, sino a lo que Ortega y Gasset llamó "bárbaros especialistas", es decir, profesionales distinguidos.

Coda de método. El texto anterior no se escribe para convencer, sino para hacer pensar a los lectores. Es decir, no hay una conclusión segura y fija; es, siempre, provisional. La cabeza debe utilizarse para exponer razones y sentimientos, no para embestir. Se podría admitir que la democracia española actual es perfectamente equiparable a las de los países occidentales, lejos de las autocracias exóticas. Aun así, habrá que reconocer sus peculiaridades étnicas.

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