
Cada mañana, Edwin espera con una sonrisa en la entrada del supermercado. Hace tres años que llegó a España, con paradas previas en Sudán, Argelia e Italia. Habla desde la confianza del extraño que siempre saluda. Mientras charlamos, Manuel se acerca para darle algo de dinero; Teresa, más desconfiada o mejor samaritana, le entrega una ración de pollo asado. Como invitados a la mesa, escuchamos cómo ejercía su pasión por la moda en su tierra natal.
Saludos y sonrisas aparte, cuando no son unas monedas acompañadas de unas cálidas frases, es una ración de comida la que aporta la temperatura. Duerme en Madrid, en un albergue municipal, pero viene a las afueras porque ha encontrado una suerte de pequeña comunidad.
Edwin nos cuenta que está en situación irregular. Pienso entonces en los estereotipos, en su cierta razón de ser, y diría que entre sus benefactores no abundan los votantes de partidos con un discurso favorable a la acogida masiva –y si no, siempre quedan las estadísticas electorales para comprobarlo—. Con todo, acompañan a Edwin semana a semana en su cruzada particular.
Algunos tacharían de frívola pantomima esta escena de caridad y reclamarían que el Estado se ocupara de él. Así debe ser –dicen– porque no podemos dejar a cargo de las personas algo tan importante como la supervivencia de un semejante; cualquiera se fía hoy día de los hombres. Ahí está el Estado para suplir nuestras carencias y dar sustento a quien atraviese necesidad. Esa caridad de los primeros es la falta de solidaridad de quien cree en un Estado frío y aséptico. Esa generosidad es la solución al problema que ellos mismos crean al rechazar la acogida masiva y criticar el gasto del Estado en estos temas. Fieles al modus operandi actual, los buenos ciudadanos desvían la discusión hacia la búsqueda de una buena moral sin efecto sobre la vida real.
Ninguna nueva fórmula de bondad va a cambiar la matemática del asunto y hoy, al igual que ayer, África sigue sin caber en Europa. Sin embargo, continuamos deliberando sobre ello y, como de costumbre, quien alimenta el debate suele ser aquel que no quiere ver sus miserias frente al espejo. Cuando al buen ciudadano le toca pasar a la acción, compra su conciencia convirtiendo al Estado en el hermano fraterno que él no es. Desde el sofá, teoriza sobre la empatía del Estado y pretende convertirlo en un ser humano rebosante de buenos sentimientos que compense todas sus faltas.
Por supuesto que el Estado debe dedicar recursos a los necesitados, por frías que sean las monedas que los ayudan. Pero hay algo en el discurso de estos buenos ciudadanos, una fachada en esa bondad impostada, que cede a una segunda mirada. En ocasiones, no puedo evitar pensar que el dinero dedicado a estos menesteres se parece a la limosna del fariseo en el templo del Evangelio. Ese dinero, tan útil unas veces y tan hueco otras, parece que hace más por lavar conciencias que por ayudar al marginado.
Al otro lado, el mal ciudadano defiende ese Estado frío y aséptico mientras se arrodilla por el que sufre a su lado. Quizás conoce de primera mano lo que implica ayudar verdaderamente a un semejante. Quizás sabe que unos cuantos billetes no son caridad ni compran una dignidad perdida. Quizás sabe que la solidaridad no es infinita, pero la fraternidad sí. Merece más respeto aquel que cambia sus realidades que quien simplemente discute teorías. Hubo un tiempo en el que ambas iban de la mano. Ahora, afectados en la distancia e indiferentes a lo concreto, hablamos mucho y hacemos poco.
Mucho me temo que estos discursos del bien miran hacia las nubes y no a la esquina de la calle, al portal de casa o a la entrada del supermercado. Desde la lejanía, en lo abstracto, la solidaridad del Estado tiene fecha de caducidad. En las calles, en las distancias cortas, aparece la empatía de los hombres y una fraternidad sin límites.
Edwin ha encontrado, a pesar de la necesidad, algo de fortuna. Ha recuperado algo que no tiene precio y el Estado no puede comprar. Otros tantos como él siguen malviviendo gracias a la solidaridad del buen ciudadano que predica la maldad del resto. Pero sigo prefiriendo a estos últimos antes que a los utópicos y samaritanos de boquilla.
