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Agapito Maestre

Un país sin Tribunal Constitucional

A nadie le importa una higa el Tribunal Constitucional. La decadencia de esta institución ha sido imparable.

A nadie le importa una higa el Tribunal Constitucional. La decadencia de esta institución ha sido imparable.
Juan Carlos Campo, cuando era ministro de Justicia en el gabinete de Pedro Sánchez. | EFE

Moribunda está la democracia española. No hay día sin que el Gobierno cometa una tropelía contra la división de poderes. Ejercen el poder de modo totalitario. Arrasan la poca solvencia que les queda a las instituciones democráticas. Les da igual expulsar a una diputada de la Tribuna de oradores en el Congreso que imponer los nombres de dos miembros al Tribunal Constitucional. La contención y autolimitación no existen en el vocabulario de esta gente. Pero seamos realistas. No nos hagamos trampas en los análisis y reconozcamos que España, la España política, está tan muerta como el Tribunal Constitucional.

A las altura de esta película, titulada muerte de la democracia española, salvo la queja de unos pocos periodistas, a nadie le importa una higa el Tribunal Constitucional. La decadencia de esta institución ha sido imparable. Hoy apenas es más que un nombre para tapar vergüenzas y malas conciencias. El cuento es viejo y muy conocido: los socialistas, con la colaboración de los peperos y secesionistas, arruinaron la viabilidad democrática de este Alto Tribunal. Desde que el gobierno de González, en fecha ya muy lejana, interviniera Rumasa con el consentimiento del propio Tribunal, entonces perfectamente pastoreado por el voto de calidad de quien era su presidente, Manuel García-Pelayo, el Tribunal no ha levantado cabeza. No es de extrañar que el buen jurista, que se entregó a González y Guerra por Nada, se retirará de la vida pública a pagar su fechoría. Nihilismo cabrón. Esa perversidad personal es pagada todos los días por los españoles.

Sí, Rumasa fue intervenida y las elites políticas de la época tragaron. Y siguen tragando con otros mil temas que este horrible tribunal nunca resolverá por displicencia y obediencia a los amos del Ejecutivo. De aquellos malos rollos procede esta institución decadente y sin sentido. Es un juguete en manos del desenterrador de La Moncloa. Este déspota con aspiraciones dictatoriales hará del Tribunal Constitucional lo que venga en gana. No le demos, pues, mucha importancia a los grititos de desaprobación a la actuación de Sánchez que han surgido de esa decadente institución. El Tribunal Constitucional de España carece de legitimación. Más aún, jamás ha conseguido legitimarse como una institución clave del sistema democrático. Al contrario, se ha degradado hasta el punto de que ha legalizado la prohibición de enseñar en una lengua oficial de España, el español, en Cataluña. Una locura a la altura de un país muerto.

El Tribunal Constitucional fue siempre un órgano dependiente de las élites socialistas y, a veces, de las peperas. El tipo medio de los miembros de ese tribunal siempre fue medido por gente sin talla moral, gente de la contextura partidista y sin criterio de Elisa Pérez Vera o similar. Personas sin identidad ética e intelectual al servicio del partido que les nombrara. Todos ellos están permanentemente al borde de la prevaricación. Los miembros del Tribunal Constitucional nunca fueron respetados por nadie con decencia y principios morales. Con alguna rara excepción, el Tribunal Constitucional es un cementerio de cadáveres. ¡Para qué perder el tiempo nombrando a tipos que se pasaron de la política a formar parte de esa decadente Asamblea!

El nombramiento de Sánchez de los dos nuevos miembros tiene que ser visto en esa perspectiva. Filosófica, sin duda alguna. Y discutible. Los recién nombrados son dos muertos vivientes sin peligro alguno para el cementerio. Están tan muertos como el resto del Tribunal. Nada son y en nada se quedan. Miren, pues, con descaro los caretos del personal del Tribunal Constitucional y se percatarán enseguida que no dan ni para una película de terror. Son todos casi idénticos. Clones de clones. Gente sin escrúpulos. Viven del momio. No dan ni miedo, aunque lo intentan. La institución no está degradada sino convertida en un pudridero maloliente.

Los recién nombrados degradan, sí, un poco más este Tribunal político. Pero no nos escandalicemos ni nos hagamos de nuevas. ¿Quiénes son los nombrados? ¡Que más da!. Poco importa que uno fuera ministro de Sánchez y la otra defensora de la secesión de Cataluña. Lo relevante es que son unos mandados del gobierno de Sánchez y sus aliados secesionistas. Solo les importa la pasta y a la Nación que le den. ¿Qué hacer ante tanto descaro? Ver, guardar silencio y tragar. O gritar, como yo hago ahora, con la cólera del español sentado. Y, por supuesto, respetar a las personas que se agarran a la maldita esperanza de que el cambio político llegará pronto…

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