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Mario Garcés

Pedro Sánchez, catedrático de Derecho Penal

¿Estamos ante un error de cálculo de un funcionario de una Subsecretaría o ante una determinación dogmática de algún político?

¿Estamos ante un error de cálculo de un funcionario de una Subsecretaría o ante una determinación dogmática de algún político?
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la reunión del G-20 en Bali. | Europa Press

Escándalo. Negligencia legislativa. Infantilismo soberbio. Ignominia. Soberbia indigna. Crueldad. Tras la aprobación de la ley del "sí es sí", el repositorio de calificaciones agotaría las cuadernas de cualquier diccionario al uso. La excarcelación y la reducción de penas de depredadores sexuales, ante la indefensión y perplejidad de las propias víctimas, representan un hito más en la degradación moral de una coalición de Gobierno que pretende que transcurra el tiempo para que se normalice semejante desatino. Carmena, una conservadora de libro, les ha enfrentado también al espejo de su desaprensiva conducta.

Pero la pregunta que conviene formularse, y que hasta ahora ha pasado muy desapercibida, es si la reforma del Código Penal ha sido un error inconsciente o ha sido una decisión plenamente meditada. Porque, en la fronda de los artículos de opinión, la causa está perfectamente identificada y las consecuencias son también evidentes, pero prácticamente nadie se ha puesto a pensar qué hay realmente detrás de esas causas. ¿Estamos ante un error de cálculo de un funcionario de una Subsecretaría o ante una determinación dogmática de algún político? Parecería lógico pensar que si ha sido un error inadvertido, el reconocimiento de culpa del error y la enmienda del mismo rehabilitarían al Gobierno. Sin embargo, la persistencia contumaz en la posición inicial y el "no es no" de la derogación del error, hacen pensar que mientras que el Gobierno busca una resignación sociológica por el transcurso del tiempo ante lo que la inmensa mayoría de la sociedad considera una equivocación denigrante, para el Gobierno es una medida acertada.

El doctorando por ciencia infusa, Pedro Sánchez, ha decidido sin gran esfuerzo ganar cátedra de Derecho Penal. Todas las reformas del Código Penal llevadas a cabo en las últimas semanas, más allá de los vicios procesales de la trituradora asamblearia en la que ha convertido al Parlamento español, han sido llevadas a cabo por inducción o por convicción. Atrás quedan, para los que ejercemos el noble oficio de jurista, las reflexiones plúmbeas y sosegadas de las Comisiones generales de Codificación, cuando el Código Penal no se modificaba, como ahora, a petición del oyente nacionalista o del dogmático comunista. Porque las reformas de sedición y malversación son modificaciones legislativas por inducción, a sabiendas de que quien susurra en los oídos del Catedrático Sánchez, obtiene recompensa de su pacto destituyente de Gobierno. El PSOE ha caído en la trampa de pensar que alimentar con chuletas diarias al can famélico del nacionalismo catalán sofocará su hambre, cuando debería saber que es insaciable.

En cambio, la reforma de las penas de los delitos sexuales es una modificación consciente por convicción. Lisa y llanamente sabían lo que hacían. Y lo sabía la cátedra entera de la que es titular Pedro Sánchez, porque resulta irrisorio y mendaz reprochar exclusivamente esta conducta a Irene Montero y su funesto corifeo. Una reforma del Código Penal es una decisión colegiada de todo el Consejo de Ministros cuya responsabilidad última es de su Presidente. Es más, por experiencia propia como Secretario de Estado, no hay reforma penal, ni aunque resucitara Cesare Beccaria, que no deba contar con el visto bueno del Ministerio de Justicia y de la Oficina del Presidente del Gobierno. Así, no es la falible y provocadora Montero la responsable única de esta sinrazón sino de todos los Ministros y, en especial, de quienes tienen competencia en la materia. Quizá sería atinado que Llop lo repasara en su línea transitada de metro y que intentara convencer a los usuarios de su vagón.

Pero afortunadamente hay una profesora asociada deslenguada, que responde al nombre de "Pam" que ha tenido la imprudencia de expresar la razón de ser de la reforma. Y curiosamente ha pasado una vez más desapercibida, porque todo el mundo se quedó nuevamente en la hojarasca. La meritoria en el mundo del Derecho dijo exactamente lo siguiente: "Que un hombre termine en la cárcel porque era su agresor, eso es importante, no quiero minusvalorar la relevancia que ello tiene, pero es verdad que a lo mejor va a la cárcel después de haberla asesinado ya o después de haberla violado ya (...) que un señor esté 11 o 12 o 10 años y 5 meses depende de qué Audiencia Provincial esté analizando el caso, esto es como chiste irónico experto (sic) para las locas del ministerio de Igualdad".

Dejando al margen la ligereza de la gramática parda de la profesora "Pam" y de sus perogrulladas semánticas, al menos ella ha sido capaz de decir lo que los demás ocultan, empezando por Llop y por Sánchez. Porque en la primera frase de esta retahíla inconexa de estupideces, viene a reconocer que las penas privativas de libertad no son eficaces, al menos cuando son de una duración determinada. Y en ello no hay sino una formulación dogmática de la izquierda desde mediados del siglo XX que cuestiona que las cárceles sean eficaces en la rehabilitación del delincuente, por lo que obstinadamente vienen reclamando su eliminación o su reducción. En la reforma del Código Penal de la cátedra de Sánchez se expresa con todo vigor este dogma y lo llevan hasta sus últimas consecuencias. Porque, en caso contrario, no tiene lógica inflamar pechos y discursos feministas para después liberar a violadores. Creen, sin rubor, que las penas privativas de libertad son ineficaces y las rebajan, y en ello les resulta indiferente el tipo de delito y su gravedad social. Es un dogma puro y "Pam" lo ha explicado como ella puede. Para esta Cátedra experimental, las penas privativas de libertad no tienen una función disuasoria, ni una fuerza preventiva intimidatoria, ni el rigor del aislamiento físico del delincuente patológico frente a sus potenciales víctimas.

Por tanto, la reforma del Código Penal no ha sido un error de cálculo ni una negligencia irreflexiva, sino una reforma cabal basada en un dogma de una izquierda que busca sus fundamentos actuales en los viejos lemas abandonados de una calle de París con adoquines en los sesenta. Son delirios de un aspirante a criminólogo que está haciendo de estas excarcelaciones un grito de dolor y miedo. Del dogma al miedo. Por eso resisten y persiguen la resignación social. Porque el Catedrático Pedro Sánchez aspira a ser decano nuevamente en diciembre, aunque en diciembre, como adelantó Saul Bellow, entre César y Nada, el Catedrático acabará en la nada.

Mario Garcés.
Inspector de Hacienda e Interventor y Auditor del Estado. Jurista, académico y escritor.
Portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados.

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