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Jesús Fernández Úbeda

Duelo a garrotazos entre dos chaqueteros

Sánchez relativiza las metamorfosis de Gamarra: "Sigue haciendo lo mismo, venerar al jefe del PP". La portavoz popular recurre a Bildu y a Podemos.

Sánchez relativiza las metamorfosis de Gamarra: "Sigue haciendo lo mismo, venerar al jefe del PP". La portavoz popular recurre a Bildu y a Podemos.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante la sesión de control al Gobierno celebrada este miércoles. | EFE

El de "chaquetero" es un concepto concebido en el siglo XVI. La expresión "cambio de casaca" fue de uso recurrente en el marco de las guerras de religión. Tal y como escribió Pancracio Celdrán en El gran libro de los insultos (La Esfera, 2008): "Católicos y luteranos vestían casacas de colores diferentes con forro cambiado (...). Como deserciones y traiciones eran frecuentes, a quien se pasaba al bando contrario le bastaba con volver la casaca del revés, a fin de prevenir al antiguo enemigo de sus intenciones de abrazar su causa". Histórico e ilustre chaquetero primigenio fue Carlos Manuel I, duque de Saboya, quien utilizaba un tipo de vestuario cuando pactaba con los franceses en contra de los españoles, y otro diferente cuando hacía lo propio con los españoles en contra de los franceses.

Pedro Sánchez y Cuca Gamarra, dos dignos –o indignos, reconozco que me pierdo– herederos de los camaleónicos modos del citado aristócrata, se dieron de garrotazos, o, más bien, de chaquetazos en la sesión de control al Gobierno de este miércoles. La portavoz del PP comparó las dimisiones en el Ministerio de Transportes, por la chapuza de los trenes que no caben en los túneles, con la ausencia de responsabilidades en Igualdad por los, mientras escribo, 522 delincuentes sexuales beneficiados por la Ley del sólo sí es sí: "¿A qué espera para cesar a Irene Montero?". El presidente del Gobierno, degustando aún la noticia de El País sobre el chat de pelotas casadistas que, a las pocas horas, mutaron en Casio y Bruto, apuntó a la barriga de su contrincante: "Hay gente que dice injustamente que usted cambia de chaqueta. Yo creo que no es así: lo que cambia es el jefe del PP; usted sigue haciendo lo mismo, que es venerar al jefe del PP". ¡Pumba! Acto seguido, soltó una perorata sobre lo chachipiruli que va la economía patria, etcétera.

La pupa que hizo Sánchez fue relativa. Como entre chaqueteros andaba el juego, Gamarra contraatacó sin excesiva resistencia: "El mayor cambio de chaqueta que se ha producido en la última etapa es el suyo, porque prometió a sus votantes que no gobernaría con Podemos y que no pactaría con Bildu". Touché y tablas en el ajedrez.

Por lo demás, el debate parlamentario se orientó, literalmente, a un público de instituto. Porque, según no pocos diputados, los jóvenes también son víctimas de (completen la frase a su gusto). El supuesto nuevo fantasma que recorre Europa, vía Interrail o Ryanair, vive en casa de sus padres, gana cuatro duros, si eso, tiene un móvil de la leche y baila los éxitos de Bizarrap. Clara-mente, hay que captar el voto de los chavales, ya sea a través de cheques regalo para gastar en videojuegos que después revenden en Wallapop, ya sea a través de, permítanme la paradoja, encumbrarlos como víctimas. En estas, Mertxe Aizpurua, de Bildu, reprochó al Gobierno que les tenga dejados de la mano de Dios. Respuesta de Sánchez: "Estamos empoderando a los jóvenes". Empoderando, Señor. Inés Cañizares le recordó a Yolanda Díaz que "el desempleo juvenil de España duplica al de la UE". En la tribuna de invitados, un muchacho pijín aplaudía a la diputada de Vox. Alguien debiera haberle dicho que, pese al circo montado, la Cámara baja no es como una discoteca de las que largan a Froilán. Con razón, Batet le llamó la atención. La vicepresidenta segunda, por cierto, tiró de demagogia tremendista y acusó a la formación de Abascal de querer "ponerles grilletes a los jóvenes".

Macarena Montesinos preguntó a Pilar Llop, cada vez más Virgen gótica, si "comparte las opiniones de la ministra Montero". La titular de la cartera de Justicia respondió invocando el recurso del PP contra la ley del aborto y exigiendo la renovación del CGPJ. En este guirigay temático, la diputada popular se acordó del Tito Berni, ese exdiputado socialista que, según ABC, se dejaba más de 3.000/noche en planes que incluían cena, discoteca y puticlub. Elena Castillo preguntó a Raquel Sánchez por sus trenes. Mientras la ministra de Transportes proclamaba su enfado e indignación, la pepera sacaba un metro desplegado. Y poco más, la verdad.

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