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Mario Garcés

Berlusconi, el show debe continuar

Con Silvio Berlusconi, entre otros, despareció el concepto de hombre de Estado, para dar paso al de estado del hombre, el hombre-espectáculo.

Con Silvio Berlusconi, entre otros, despareció el concepto de hombre de Estado, para dar paso al de estado del hombre, el hombre-espectáculo.
El ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi. | EFE

Fue hace más de veinte años. Tras una noche agotadora de negociaciones, mientras Tony Blair procuraba sobrevivir a su palidez británica, un maquillador acudió presto a reponer el maquillaje facial de Silvio Berlusconi. Con curiosidad antropológica, y después de varias horas de intenso trabajo, me puse a observar al presidente italiano, allí donde ya solo quedábamos unos pocos, y me sumergí en una cavilación sobre la imagen del poder y el poder de la imagen. Porque Silvio Berlusconi, entre patinas de bermejo en el rostro y viso anaranjado en el pelo, era la viva imagen del hombre que busca ser eternamente joven, un narcisista de libro. A pesar de que estuvo sentado casi todo el tiempo, no podía evitarse comprobar que usaba tacos o plantillas interiores para parecer más alto. Il Cavaliere no quería aparentar ser joven, sino que quería ser joven, y pensé que su decadencia física sería los más parecido a la de un maniquí pespunteado.

Con Silvio Berlusconi, entre otros, despareció el concepto de hombre de Estado, para dar paso al de estado del hombre, el hombre-espectáculo. Mino Martinazzoli, de la Democracia Cristiana, ante el auge súbito de Silvio Berlusconi, llegó a afirmar que "la política no es como vender jabones, consiste en ideas, valores, y programas". Pues bien, Mino Martinazzoli se equivocó porque mientras el democristiano representaba una forma ilustrada y reflexiva de hacer política, Silvio Berlusconi había desbordado el marco ilustrado para traspasar el umbral de la irracionalidad, un modo mórbido de sentimentalismo que concebía la política como "show". En suma, comenzaba una nueva etapa, la de la "ideología del espectáculo".

64 años antes de que naciera Cristo, Quinto Tulio, hermano de Cicerón, escribía, aún sin saberlo, el primer manual práctico para ganar unas elecciones. Según el romano, las dotes naturales tienen que tener su peso, pero lo importante es hacer que la simulación pueda vencer a la naturaleza. Umberto Eco actualizó el tratado originario de Quinto Tulio para escribir Manuale del candidato-Istruzioni per vincere le elezioni donde describía las campañas electorales como "un espectáculo de pura forma, en el que no importa cómo es el candidato sino cómo lo ven los demás. La adulación es detestable cuando hace a alguien peor, pero... es indispensable para un candidato cuya postura, cuyo rostro, cuya forma de expresarse, tienen que cambiar a cada momento para adaptarse a los pensamientos y los deseos de cualquier persona que encuentre". Berlusconi fue la síntesis perfecta de la transmutación de la política en representación. Como afirmaba Nicolás Sarkozy en su libro La República, las religiones, la esperanza, "el hombre necesita alimentar su imaginario con teatralización y algo de folclore".

Por último, también se caracterizó por la agresividad verbal contra sus adversarios en la comunicación política rutinaria. Su retórica era recurrente, monotemática, hilvanada sobre la base de un hilo que descosía y enfrentaba el bien y el mal. Llegado el caso, era capaz de aparentar una ingenuidad victimista basada también en la hipótesis de la permanente conjura contra él.

Alexander Stille definió a Il Cavaliere como "una suerte de Ciudadano Kane atiborrado de esteroides". Atiborrados o no de esteroides, o de grasa circundante como Jesús Gil, una versión empobrecida y carpetovetónica de Berlusconi, muchos políticos se hicieron eco rápidamente de las nuevas técnicas para dar primacía a la estética, al valor del entretenimiento, incluso al sentimiento antipolítico. Una democracia telenovelada, donde el político debe mostrarse como un émulo de Bonaparte guiando al pueblo.

Así es como llegamos al momento presente donde la política es espectáculo, donde los políticos se afanan por ser estrellas del espectáculo. Actualmente, es más importante la imagen que el discurso, la popularidad que la inteligencia, los sondeos que las ideas. En España, entre Martinazzoli y Berlusconi, aparece como claro vencedor el último. En las recientes elecciones autonómicas y locales, hemos aceptado sin pudor que la política se convierta en un sumidero de imágenes que sustituyen a las ideas. Entre danzas coreografiadas y canciones de candidatos, bulle la nueva política. Y cuando me sonrojo ante tanto inanidad y ante la hoguera de la insustancialidad vanidosa, únicamente escucho decir a algún político nuevo de red social la frase "Esto es la política, lo siento". Pues si es así, el show debe continuar.

Mario Garcés
Inspector de Hacienda e Interventor y Auditor del Estado. Jurista, académico y escritor
Portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso de los Diputados

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