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Camellos del odio

Si la polarización se ha convertido en una droga que consumimos cada día sin saberlo, ¿quién está intoxicando a la sociedad española?

Si la polarización se ha convertido en una droga que consumimos cada día sin saberlo, ¿quién está intoxicando a la sociedad española?
El diputado del PSOE Óscar Puente interviene en la primera sesión del debate de investidura del candidato popular Alberto Núñez Feijóo a la Presidencia del Gobierno, este martes en el Congreso. | EFE

San Antón es una calle que en su arranque comunica la del Rey con Floridablanca, en San Lorenzo de El Escorial. Al inicio, en los impares, hay una pequeña tienda que vende algunos de los mejores quesos de la Comunidad de Madrid. El 23 de julio, después de votar, pasé a comprar algunas cuñas y a saludar a la propietaria. Mientras esperaba no pude evitar oír la conversación de la persona que me precedía. Explicaba que estaba en trámites de divorcio y que había votado al PSOE porque tenía miedo de que si ganaba la derecha pudiese tener algún problema con esos trámites. Tenía unos cuarenta años. En Madrid, un año por otro, el número de rupturas matrimoniales ronda las 13.000. Pero alguien había conseguido que esta señora tuviese miedo.

El pasado viernes, quizá esperando a que concluyese el debate de investidura de Alberto Núñez Feijóo o quizá incitada por la agresividad primaria del portavoz socialista Óscar Puente, la consultora LLYC difundió un informe titulado The Hidden Drug.

Esa droga oculta es la ‘polarización’ y al igual que sucede con otras existentes, tiene efectos en el individuo y en la sociedad. "La polarización se ha convertido en una droga que consumimos cada día sin saberlo y que nos puede provocar depresión, irritabilidad, dependencia, distanciamiento social, crispación generalizada y aumento de los discursos del odio". El término ‘polarización’ es equivalente a conceptos valorativos como ‘radicalización’ o ‘extremismo’.

Los autores del informe señalan que en una confrontación de ideas, en un debate duro, en el que se presentan evidencias e interpretaciones alternativas, debemos observar cómo la patología no está en las posturas, aunque estas sean extremas, "sino en la actitud de ignorancia intencionada (cuando no de desprecio) a la evidencia y los argumentos que obligarían a modificar las propias creencias".

Estudios como el titulado Modeling the emergence of affective polarization in the social media society, que analizan lo que denominan la ‘polarización afectiva’, refutan que sean las redes las causantes de esa ofuscación agresiva (entiéndase por redes a los cientos de miles de descerebrados que tienen por deporte el improperio). Por el contrario, estaríamos asistiendo a la transformación de la política en el campo de batalla de una guerra cultural más amplia, en la que nos involucramos políticamente a través de la identidad social, en lugar del debate racional. Así, los autores de Modeling the emergence, señalan directamente a los grupos políticos como instigadores de la tensión que se refleja en las redes. Un repaso por los tuits publicados en la cuenta oficial del PSOE durante la Sesión de investidura lo confirmaría.

Mensajes que buscan desacreditar y humillar al candidato popular: "Feijóo no ha hecho más que insultar y soltar una mentira tras otra. No es creíble", afirmaba Patxi López. Cualquiera que haya visto el debate, confirmaría que el líder del PP mantuvo una actitud correcta en todo momento. Eso no importa, el propósito es eliminarlo políticamente y todo vale. Esta ha sido la estrategia del PSOE desde la llegada de Feijóo a la presidencia del PP.

Lo sucedido en el AVE de Valladolid a Madrid, entre un pasajero que pregunta a Óscar Puente ¿qué le parece lo de Puigdemont? y la reacción del señor diputado que le advierte de que no se le ponga delante y, acto seguido, se asoma a la puerta del vagón y a gritos pide a un miembro de seguridad que venga la policía (hay un video con la escena) es un ejemplo de cómo el PSOE aplica en las redes y en los medios de comunicación las tácticas de desinformación rusas. Cómo propaga el odio.

El suceso se manipula y difunde por los medios afines. Así, la pregunta impertinente de un tipo pesado, se convierte en una agresión: "El vicesecretario de Organización del PP ha justificado la agresión en redes" (Cadena SER); "Un pasajero hostiga al diputado Óscar Puente" (El País); "El PP justifica y respalda el acoso a Óscar Puente. El PSOE recuerda que la derecha está ‘señalando con odio’ a su diputado" (El Plural).

Si un macarra resentido crispa en el Parlamento, la portavoz socialista saldrá para acusar a Feijóo de alentar la crispación. Si ese mismo sujeto, en lugar de pasar del pesado en el tren, busca la confrontación, la escena se convertirá en una agresión a un socialista. Recuerden: "Lo importante es acostumbrar a la gente a la idea de que todo es mentira. De que no hay verdad. Cuando lo acepten, ganará quien mienta más".

Sin embargo, hay una pregunta que el informe de LLYC no responde, ni siquiera se atreva a formular. Si la polarización se ha convertido en una droga que consumimos cada día sin saberlo, ¿quién está intoxicando a la sociedad española? ¿Quiénes son los traficantes, los camellos? ¿Y los capos? ¿Han observado alijos de polarización en algunas televisiones públicas? ¿Se esparce la polarización desde el Consejo de Ministros? ¿Polarizó el diputado de Valladolid?

Con autoridad moral y política, y con buen humor, el señor Feijóo tiró de la cadena de las letrinas del Congreso y mandó a los capos del odio a la depuradora de La China, que es donde se reciben las aguas residuales de la Carrera de San Jerónimo. Allí, en La China, esperan junto a Pedro Sánchez, a que el etarra Ternera y el delirante Puigdemont —entre Urano y Plutón— decidan qué hacer con ellos.

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