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Gran Palestino: ese moreno no quiere ser tu hermano

En esas estamos, con numerosos políticos y compatriotas de Occidente aferrados a la virtud aristotélica en un tablero inclinado.

En esas estamos, con numerosos políticos y compatriotas de Occidente aferrados a la virtud aristotélica en un tablero inclinado.
Miembros de Hamás. | Cordon Press

Visité Tierra Santa en las navidades de 2018. Pasé un sabbat con unos estudiantes judíos que me pedían dejar la luz del baño encendida, trampeando su propia ley, y Año Nuevo en Belén con cristianos palestinos. Especie en extinción y centro centrado, hostigados por la mano de hierro israelí y despreciados por sus compatriotas, víctimas de las dos bestias durmientes, mahometana y hebrea, y los coletazos de sus ortodoxias radicales. El Ciudadanos de aquellas tierras.

Antes del viaje, mis ánimos se inclinaban hacía los israelíes por ser faro de Occidente en aquellas arenas. Pero el periplo por Cisjordania me hizo sentir como el niño pequeño con un hermano adolescente rebelde y enfrentado con el mundo: los muros de hormigón y el alambre de espino; el judío ortodoxo de Jerusalén mirando con desprecio al sangre sucia; los cierres de verja arbitrarios y sus mensajes de advertencia al palestino que cruzaba "bajo su responsabilidad". Palmo a palmo, perdí mi simpatía inicial. Y su reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y los planes de explotar recursos petrolíferos junto a Marruecos en aguas canarias no ayudan a recuperarla.

Al otro lado –o en el mismo, porque las fronteras en esas tierras son una entelequia–, Hamás y parte del pueblo palestino. Incluyo a los segundos porque como solemos decir aquí, quizás no se recuerde porque hoy todo pasa demasiado rápido, pero hace no tantísimo Hamás ganó unas elecciones (2006). ¿Les suena ese binomio de terror y connivencia? Es el modus operandi de esa política peneuvista de parte de la sociedad vasca con ETA, donde unos agitaban el árbol y otros recogían las nueces.

Algunos han tratado el último episodio del conflicto con la equidistancia que permiten el odio, la ignorancia y unas balas que recorren la misma distancia entre ambos bandos. La sangre que inunda el terruño bíblico tiene su enjundia, pero no hace falta ser experto en geopolítica, académico ilustrado o tertuliano de relumbre para darse cuenta de lo que esta batalla esconde. Los israelíes riegan con su sangre ese trozo de tierra al que llaman hogar; los palestinos la derraman por el suyo y toda una civilización. Muchos judíos luchan por reconstruir su anhelado templo de Jerusalén, otros tantos musulmanes por erradicar al infiel más cercano.

Tras los ataques, se suceden en el mundo occidental numerosas celebraciones y muestras de apoyo por parte de población civil musulmana. En Gaza, los civiles se arremolinaban junto a soldados moribundos y mujeres maniatadas e inconscientes en una turba sedienta de venganza y sangre, drogada por el odio. Y es que un ejército no se limita a soldados empuñando las armas. También se nutre de políticos y de una población alienada y alineada con la causa. ¿Alguien cree que decapitar bebés, exterminar familias y celebrar dicha masacre al tiempo que abandonas a su suerte a los tuyos –parece que ni Egipto ni Hamás están por la labor de permitir el flujo de personas por la frontera que comparten– encaja en el marco de un conflicto militar honorable y lícito? Reducir éste al clásico "es compatible condenar la represión israelí y el terrorismo de Hamás" como si fuera una pelea de dos niños en el patio del colegio resulta de una simpleza increíble.

Y en esas estamos, con numerosos políticos y compatriotas de Occidente aferrados a la virtud aristotélica en un tablero inclinado. Centro centrado, ni Stalin ni Casado, que dicen ahora. Cientos o miles de personas salen a la Puerta del Sol en apoyo al pueblo palestino en un ejercicio digno del mejor cínico –será que no hay momentos de aguas tranquilas para manifestarse–. Al otro lado del Mare Nostrum, musulmanes masacran a occidentales en un festival a pocos kilómetros de la franja de Gaza, triste metáfora de nuestro estado mental, en el reverso sádico de esa escena de Gran Torino en la que Clint Eastwood decía al irlandés lechoso que aquellos morenos no querían ser sus hermanos.

Los troyanos del enemigo se cuelan en nuestras murallas y su ejército se concentra ante sus puertas. Nunca olvidaré aquellos amaneceres en una buhardilla a las afueras de Lille, al norte de Francia, con el muecín despertándome desde la mezquita cual gallo urbanita. Las excursiones a la cercana Roubaix y los comercios de sus barrios rotulados únicamente en árabe, comprando carne Halal porque no existía otro tipo. Los conciertos en sótanos discretos. Los locales sugiriendo que no volviéramos solos a casa por la noche. Tampoco es necesario vivirlo en carne propia. Ahí están los profesores y bebés pasados a cuchillo. La llegada masiva de jóvenes musulmanes –a las mujeres y los niños, ni se les espera– a islas como Lampedusa o El Hierro, donde ya superan en número a los locales. Esas zonas de París llamadas "no-go" por la propia policía, donde ni los propios franceses se aventuran y los musulmanes se pavonean al grito de "esto no es Francia". Les recomiendo este reportaje donde un grupo de madres son amablemente invitadas a abandonar sus propios barrios, por cortesía de sus anfitriones.

La diáspora bélica llega a nuestras ciudades, y más pronto que tarde –tiempo histórico– tocará decidir si vivirán nuestros hijos o los suyos. En ese afán de la sinistra contra lo judeocristiano y Occidente, asistimos a malabares de retórica de sus políticos y alegatos de compatriotas en favor de sus futuros verdugos. No les quepa duda de que, llegado el momento, terminarán pidiendo clemencia a los que ahora defienden. ¿Exagerado? ¿Acaso creen que el festival estaba plagado de judíos ortodoxos y filonazis? Sigamos llenándonos la boca de derecho, leyes, convivencia, alianza de civilizaciones y otros sucedáneos democráticos; afirmando que no existen muertos de primera o de segunda, en otra falsedad aceptada en nuestros tiempos como obviedad. Defendiendo que el amor vencerá a un odio que no es motor con caballos suficientes, o que la violencia no consigue nada –a Azerbaiyán le ha ido bastante bien expulsando a los cristianos armenios de Nagorno-Karabaj, ante la pasividad total de Occidente–.

Puede que sea pronto para erigirse en cruzado, pero no para decidir si luchar o claudicar. El mal se abre paso jugando con reglas diferentes al bien, como enseña la historia. Sólo las virtudes del campo de batalla lo vencerán: el valor, la justicia y el honor para defender a los nuestros. Aún estamos a tiempo de entender que, en las guerras, el bien puede ser tan despiadado como el mal. Tendremos que decidir qué es más importante: si proteger a los nuestros y el modo de vida occidental o dar lecciones de moral cuando nos equivoquemos; si sacrificar la existencia y convivir con la tortura de arrebatar la vida a un semejante para que los nuestros puedan vivir en paz o la cobardía del mártir que confía en el cielo eterno. Podemos esperar en el sofá al bando perfecto, con el culo plano y opinando hasta recibir el tiro de gracia. Les aseguro que por muy infame que fuera el bombardeo aliado sobre Dresde en la Segunda Guerra Mundial, no habría tomado partido por Adolf.

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