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Itxu Díaz

Nada está perdido

Bajo las costuras de la escenificación nerviosa y apabullante que ha realizado el Gobierno asoma un miedo atroz a que salga mal. Y saldrá mal.

Bajo las costuras de la escenificación nerviosa y apabullante que ha realizado el Gobierno asoma un miedo atroz a que salga mal. Y saldrá mal.
La concentración contra la amnistía de Sánchez frente a la sede de Ferraz se está desarrollando de forma pacífica. | EFE

El acuerdo sostenido por el apretón de manos entre dos traidores es motivo de esperanza para la gente de bien. Sustentan el cotarro golpista una manada multicolor formada por pistoleros en huelga de balas, mentirosos de reconocida tradición, sujetavelas euscaldunes del poder establecido, y comunistas nuevos ricos, más preocupados por hacerse la manicura que por la política. A todos les une un gran proyecto para el futuro de España: conservar el coche oficial. Bajo las costuras de la escenificación nerviosa y apabullante que ha realizado el Gobierno en las últimas horas asoma un miedo atroz a que salga mal. Y saldrá mal.

Sánchez, pésimo negociante con absurda fama de inteligente, no solo ha cedido en todo frente a todos, sino que ha aprovechado esa circunstancia para tratar de aplastar el leve júbilo de la resistencia, en un gesto más de su acostumbrada política de testosterona. Con la sucesión de anuncios realizados en unas pocas horas, el PSOE ha intentado trasmitir una imagen poderosa, para que nos quede claro, por si había alguien despistado, que Sánchez carece por completo de escrúpulos, y que está dispuesto a todo, y todo es todo, como nunca era nunca, y no era no.

Alguien en Semillas le aseguró al presidente que una traición total, que esa exhibición brutal entre la maldad y la locura, desanimaría a la oposición cívica, que la sensación de impotencia acabaría por disolver a los de las banderas, que se encerrarían deprimidos en sus casas, y se pondrían a sus cosas en silencio dócil. Y un huevo, traidor.

La ornamentada escenificación de los pactos de la venta total de España a cuatro mangarranes con butifarra ha servido para lo contrario de lo que pretendía Sánchez, porque ha calado en la opinión pública la idea de que ahora, entre otras mil traiciones, todos los ciudadanos vamos a pagarle su rave golpista a los independentistas. Que una parte del dinero que has ganado trabajando honrada y sufridamente, mientras otros se pasaban día y noche reventando cajeros, fumando hierba, y tratando de linchar a policías, se esfumará en dirección a los vagos y maleantes del chiringuito golpista de Puigdemont; a prisión.

Tampoco sé, por otra parte, qué goce de bajo instinto puede obtenerse siendo presidente de un país en el que no puedes salir a la calle. Y no es que no pueda hacerlo hoy porque está el ambiente caldeado, es que no podrá hacerlo jamás, salvo que quiera escuchar hasta en la sala de espera del urólogo lo que el ciudadano medio piensa de su inmensa traición, de su robo a todos los españoles, y de su capricho de poder a toda costa. Quizá son aspectos que en medio de la orgía del poder no se miden, pero dudo que resulte agradable vivir así. Es además un sentimiento que está calando más allá del presidente del Gobierno, que el reproche ciudadano se extiende ya a todos los socialistas que por acción u omisión están respaldando esta vergüenza. Sánchez ha llevado al PSOE a un acantilado, como en aquel videojuego ochentero, Lemmings, y ni uno solo de los arrastrados a una muerte cívica segura ha tenido hasta ahora valor para decirle: "ahora me tiro yo, pero vete pasando tú". Están cayendo al pozo de la historia como moscas, aunque estén destrozando todo a su paso.

De hecho, La Moncloa se ha preocupado de que los grandes grupos mediáticos progresistas, que son la mayoría, deletreen un editorial repleto de tirabuzones morales, para dar por bueno lo que es malo, y tratar de calmar a la propia parroquia. Desde hoy, la única estrategia será dinamitar la labor de la oposición y, de manera muy específica, desacreditar las movilizaciones. Marlaska tiene un plan que podría dejar en un juego de niños el "pásalo" del 11-M, la manipulación de masas más grosera e inmoral de la historia de la democracia.

Por suerte para los españoles, la chulería de Sánchez dando todo por cerrado, con cesiones inesperadas y escandalosas hasta a los nacionalistas más frikis, y una sesión gratuita de humillación a todos los ciudadanos, lejos de desalentar la resistencia pacífica, ha servido para espolear tanto la calle como las instituciones, y pronto sabremos también si las conciencias, de haberlas.

Sánchez nos quiere hacer creer que se han acabado las dudas y batallas, que todo ha terminado al fin. Y es al revés. La fiesta acaba de empezar. Nada está perdido aún. Y ya veremos quién se toma el último cubata en libertad.

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