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Mario Garcés

De los delitos de odio a los delitos de oído

La victimización es el último reducto de un político fracasado. Pero allí reside la gran paradoja española.

La victimización es el último reducto de un político fracasado. Pero allí reside la gran paradoja española.
Piñata de un Pedro Sánchez ahorcado, apaleada por manifestantes en Ferraz. | EP

Pocos saben que la calle Ferraz debe su nombre a un militar y político altoaragonés, Valentín Ferraz, que llegó a ser alcalde de Madrid. Como también es desconocido para el ciudadano en general que en esa misma calle murieron Pablo Iglesias y Enrique Tierno Galván. Nada hacía presagiar, pues, que la calle, con el tiempo, se convirtiese en un centro para la oración y el rosario, más allá de que en la posguerra el Opus Dei abriese una residencia de estudiantes en ese mismo lugar. Pero, es más, en el devocionario católico hay una costumbre atávica que es la piñata, un uso que atestigua Marco Polo en sus viajes a Oriente pero que, tras muchos años de extensión por Italia (pignatta) y España llegó a América de la mano de los agustinos, quienes, a finales del siglo XVI, celebraban las "misas de aguinaldo" en días previos a la Navidad. Tiene la piñata, por tanto, un sentido religioso, autorizado por el Papa Sixto V, aunque dudo que la evangelización llegue a la sede del PSOE. Al menos, la evangelización cristiana.

Era previsible que un partido en crisis ideológica como el PSOE se diera rápidamente a la victimización, haciendo pasar un hecho puntual por una nueva versión de Las uvas de la ira. La sobreactuación puede apuntalar en ocasiones el discurso de los que buscan convertirse en víctimas y, con toda probabilidad, la piñata alimentaba esa posibilidad. Cierto es también que podemos trazar toda suerte de comparaciones respecto a escenificaciones de desafección en casos inversos, pero la búsqueda de equivalencias también suele ser un recurso intelectual paupérrimo. Por ejemplo, reconozco que la exhibición de muñecas hinchables para adultos desfilando por Ferraz me causó gracia, y me recordó la magnífica película de Berlanga, Tamaño Natural, que intuyo que no debe formar parte tampoco de la filmografía de los socialistas del siglo XXI. Piccoli sencillamente no es el Tito Berni.

La victimización es el último reducto de un político fracasado. Pero allí reside la gran paradoja española. Sánchez es un ejemplo de fracaso ideológico pero de mantenimiento en el poder, lo que debería incitar a una profunda reflexión interna de la derecha política en nuestro país. Sánchez ha perdido toda su credibilidad, excepción hecha de los palmeros en el Congreso de los Diputados, y no dudará en convertir su identidad política en una identidad victimista, toda vez que es la única forma de sobrevivir políticamente. El mundo en el que vivimos, extremadamente polarizado, es perfecto para la construcción de una ideología victimista porque configura de manera creíble y simple a la víctima y al agresor. El ellos y el nosotros. Ahora bien, quien se transforma en víctima para hacer política, como pretende el PSOE, se minimiza, pasa de ser una fuerza intelectualmente pujante a una menguante porque son víctimas de todos.

Apenas tardaron unas horas en responder los socialistas con una denuncia en la Fiscalía por un presunto delito de odio. Por una vez, estaré de acuerdo con Yolanda Díaz, porque lisa y llanamente no se dan los atributos conformadores del tipo criminal en nuestro Código Penal. De los delitos de odio a los delitos de oído, porque el laboratorio agraviado de Ferraz actuó con celeridad de oídas para entibar el sentimiento de victimización que podía compensar la brecha emocional que ha abierto Sánchez con sus acuerdos con la felonía política. No hay delito de odio porque no se produce el componente del agravio a una minoría, tal como se define en el artículo 510 del Código Penal. Es notorio que quien impulsa esta denuncia conoce perfectamente la legislación penal y sabe que está abocada al fracaso. Como también sabe que es una forma de reivindicarse y asomar la cabeza para que el líder se corone como víctima en el nuevo año.

España, como otros países occidentales, vive bajo la pandemia de la estupidez y la infantilización. La política no es un ámbito aislado. Bien al contrario, la política se ha convertido por primera vez en una actividad profesionalizada, donde el más incapaz puede ser presidente del Gobierno, de una Comunidad Autónoma o de un Ayuntamiento. Y es precisamente en un juego rudimentario de sentimientos mórbidos donde la victimización basada en el odio se puede convertir en un factor emotivo esencial. La emoción de enemistad, rechazo, hostilidad. Los mediocres apelan a los sentimientos más primarios como sustitutivo de una ideología inexistente. Además, España ha perdido la proporcionalidad. Un error circunstancial o un episodio impropio se convierten en categoría para intentar acabar con la carrera política de alguien. Lo mejor es estar callado, proteger la inutilidad propia y sentirse agraviado cuando llegue el caso. Una lástima.

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