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Cristina Losada

La cara oculta de Galicia

La hegemonía del PP en Galicia, su implantación y sus victorias casi rutinarias, han dejado en la sombra las dimensiones reales de sus contrincantes.

La hegemonía del PP en Galicia, su implantación y sus victorias casi rutinarias, han dejado en la sombra las dimensiones reales de sus contrincantes.
La candidata del BNG, Ana Pontón, en un mitin en Ferrol. | Europa Press

Hace casi dos décadas, ante unas inminentes elecciones gallegas, la gente de fuera de Galicia a la que yo decía que el PP podía perder el Gobierno autonómico, sencillamente no me creía. El desgaste era evidente. Pesaba la catástrofe del Prestige, que había dado pie al primer gran ejercicio de desinformación del nuevo siglo. Pesaba el "noalaguerra". Pesaba la victoria de Zapatero un año antes. Y pesaban la edad y condición física de Fraga, a las que se aludía en las manifestaciones con el estribillo: "Manolo, hai que ir morrendo". A pesar de todas y cada una de las señales, mis interlocutores no daban crédito. Galicia, a sus ojos, era territorio incontestable de la derecha.

Al contrario que entonces, no se ha visto ahora ninguna señal de desgaste más allá de las que produce el paso del tiempo. Pero, igual que entonces, se subestima a la otra parte. La hegemonía del PP en Galicia, su implantación y sus victorias casi rutinarias, han dejado en la sombra las dimensiones reales de sus contrincantes. A fin de cuentas, la derecha ha gobernado durante treinta y siete años de los cuarenta y tres transcurridos desde 1981. Sólo ha perdido la Xunta en dos ocasiones. Una en 1987, cuando el partido era Coalición Popular, con Fernández Albor, descabalgado a medio camino por una moción de censura socialista. El interregno duró sólo dos años. Una curiosidad que se encuentra en los comentarios políticos de la época es la transversalidad de las críticas que recibió aquella moción por anular la voluntad de la mayoría, expresada en las urnas. Hoy no se estilan esos escrúpulos. La segunda excepción, en fin, es la de 2005, última de Fraga, que quedó a un escaño.

Con un partido que tiene ocho mayorías absolutas en su palmarés, y algunas, en la era fraguiana, con más del cincuenta por ciento de votos, es normal olvidarse de los derrotados y de la cara menos visible de la sociología electoral gallega. Por eso hay que decir la perogrullada: igual que en Galicia hay mucho voto a la derecha, también hay mucho voto contra la derecha. Las distintas siglas contrarias suelen atraer a cerca de la mitad de los votantes. Es, además, un voto literalmente anti-PP: en esa zona del espectro, el deseo más profundo es echarlo del Gobierno. No debe sorprender, por ello, que se esté concentrando voto de variadas procedencias en el partido anti-PP con más empuje. Hay un voto estratégico al BNG porque los nacionalistas despuntan como el instrumento más útil para hacer realidad el sueño tantas veces incumplido.

Para los socialistas gallegos es un drama que sea el BNG quien encabece este asalto al poder, mientras quedan como pobres segundones, pese al tirón irresistible de Sánchez, atracción fatal. Claro que el drama será fiestorro si salen los números. Tocar poder transforma el peor resultado en el mejor del mundo. No hay más que ver a Sánchez, transfigurado. Quien, por otro lado, no tiene nada que temer del BNG. Con un solo diputado en el Congreso —secretario general de la marxista-leninista UPG— ha apoyado sus investiduras a cambio de migajas y es un socio manejable. Ni ha incordiado ni incordiará, aunque sume a Galicia al eje separatista. Sánchez no necesita que su partido gane. Sólo conservar su colección de pigmeos políticos.

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