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Carmelo Jordá

El ultimátum lo está dando Ábalos

En ese partido sanchista tan pulcro en el que "no cabe la corrupción", según decía el supremo líder, lo más probable es que no quepa ya de tanta que hay.

En ese partido sanchista tan pulcro en el que "no cabe la corrupción", según decía el supremo líder, lo más probable es que no quepa ya de tanta que hay.
José Luis Ábalos. | LD

Exministro, exmano derecha de Pedro Sánchez, exsecretario de organización, expresidente de una Comisión del Congreso de los Diputados… pero aún no exdiputado: Ábalos se ha pasado el ultimátum del PSOE por sus partes pudendas y luego se lo ha restregado por la cara a sus antiguos compañeros.

Ha habido muy pocos hombres más poderosos en los últimos años del socialismo y del sanchismo, pero este martes el propio Ábalos se presentaba ante los medios de comunicación solo, "contra todo el poder político en una y otra parte" y casi diría que cargado de nostalgia, como un héroe romántico o el protagonista de un western crepuscular.

Triste, traicionado, pero eso sí, sin abandonar el estilo chulesco tan característico, Ábalos dice que es una víctima de los medios y, sobre todo, de los que eran sus compañeros hasta este mismo martes. Pero no se ha limitado a lamerse las heridas: "Quién quiera echarme tendrá que mirarme a la cara", les ha dicho a los socialistas en una amenaza escasamente velada que ha sido superada por otra ante la que el PSOE ha entrado en pánico, como bien titulaba Rubén Fernández en Libertad Digital: "Ahora no tengo disciplina de voto".

Cada día que pasa con este escándalo a toda vela el PSOE deja más claras dos cosas. Una primera que ya intuíamos pero que cada día que pasa se nos presenta con mayor certeza: que en ese partido sanchista tan pulcro en el que "no cabe la corrupción", según decía el supremo líder, lo más probable es que no quepa ya de tanta que hay.

Y una segunda que, una vez más, se han equivocado completamente a la hora de medir los intereses, las posibilidades y los arrestos de un contrincante. Lo hicieron gravemente con Puigdemont y así están a estas alturas: con la legislatura pendiendo de un hilo, sin amnistía y sin presupuestos. Y lo han vuelto a hacer con Ábalos, al que pensaban que iban a acobardar como acobardaron a Tito Berni y resulta que has sido él el que les ha acojonado a ellos.

De hecho, el PSOE ha cometido un error de principiantes en el que no habría caído ni uno de estos politólogos de tono relamido que lo explican todo en la televisión sin saber de nada: en política y en mus no puedes lanzar un órdago si no estás seguro de ganarlo, ya sea por lo civil o lo criminal, y tampoco puedes dar un ultimátum sin saber qué va a pasar al final. O eso o te arriesgas a quedar como Cagancho en Almagro, que ya les digo yo que no quedó demasiado bien.

Desde el primer momento este asunto ha sido un escándalo de corrupción diferente, no era el caso de un diputado perdido –aunque ahora lo fuese– sino el de un secretario de organización del partido, ministro del núcleo duro de Moncloa y uno de los hombres más de confianza de Sánchez. Y, además, afectaba a varios ministerios y comunidades autónomas, ni siquiera se podía quedar como un tema local o regional como los ERE.

Un verdadero desastre, en suma, que además han manejado con las torpísimas manos de la actual cúpula socialista, una pandilla de tuercebotas, pensando que la baraka de Sánchez le va a proteger contra todo y contra todos y que eran capaces de acojonar a cualquiera, incluso a Ábalos. Pero ahí han dado en hueso porque el ya diputado del grupo mixto siempre ha sido y sigue siendo mucho más chulo, incluso, que el propio Sánchez. ¿Y ahora quién tiene miedo?

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