
"No se nota, no se mueve, no traspasa". Los boomers que me lean recordarán que esos tres atributos eran los puntos fuertes del producto que resaltaba el eslogan de las compresas femeninas de la marca Evax. Pero, ayer, hoy y siempre, "no se nota, no se mueve, no traspasa" constituye también el resumen de las características ideales que la dirección nacional del Partido Popular más aprecia a la hora de seleccionar a sus candidatos para los comicios autonómicos catalanes. De ahí que a estas horas todavía desconozcamos el nombre de el o la designada para ejercer tal empleo.
Y es que Alejandro Fernández, al igual que Vidal Quadras en su día, incumple de forma demasiado ostensible esos rasgos fronterizos con la pura y simple invisibilidad que tanto valoran en Génova cuando de Cataluña se trata. Yo, que me precio de conocer el percal, solo sé de un precedente en el mundo parecido a eso que le ocurre por norma al PP con los separatistas catalanes de derechas. Y es el de la izquierda de Argentina en su acomplejada relación histórica con el chusco sucedáneo del fascismo de Benito Mussolini que fundó en Buenos Aires el coronel Juan Domingo Perón.
La izquierda argentina lleva ya casi un siglo preguntándose cómo es posible que los obreros sigan al peronismo, y no a ellos. Y al PP le ocurre algo idéntico con la clase media catalana. También creen que deberían votarles a ellos, y no a Puigdemont. E igual que la izquierda argentina, quien al final terminó convertida en un pequeño satélite irrelevante del justicialismo, el PP, salvo cuando no le queda más remedio porque los otros han organizado el motín de Esquilache, procura hacer el mínimo ruido indispensable en Barcelona. Lo que nos pasase a los leales a España en la demarcación, en el fondo, les ha parecido siempre una cuestión menor. Siempre. Aznar nos dejó tirados por los votos de Pujol en las Cortes. Y de los de ahora no cabe esperar nada distinto. Por eso andan buscando una compresa, no un líder.
