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Cristina Losada

Inmigración, el macabro juego del superviviente

España lleva décadas siendo incapaz de armar una política que incentive la inmigración legal y lleva las mismas décadas con una política que incentiva la inmigración ilegal.

España lleva décadas siendo incapaz de armar una política que incentive la inmigración legal y lleva las mismas décadas con una política que incentiva la inmigración ilegal.
Una patera con 156 personas a bordo llega al Muelle de La Restinga, a 15 de diciembre de 2023, en El Hierro. | Europa Press

Lo más llamativo de la nueva regularización de inmigrantes que se va a tramitar, bajo el singular principio de que ya se verá cómo se ajusta a la norma europea, es lo que no se dice. Y no se dice que el hecho de que España vaya a dar estatus legal, otra vez, a cientos de miles de irregulares (la corrección política no permite decir ilegales) es la demostración de un fracaso descomunal y la prueba palpable de que la política migratoria que tenemos es del todo ineficiente. Si acumulamos de nuevo un número tan elevado de irregulares es que las vías para promover la inmigración legal no funcionan. Pero en lugar de preguntarse cómo es posible que no funcionen, todo el mundo está contento de poder regularizar a los que entran por las vías ilegales.

Están contentas las ONGs, porque su credo ideológico o religioso dicta que las fronteras en los países ricos no deben existir y que cualquier persona que venga "en busca de una vida mejor" debe quedarse con todas las de la ley, aunque esté aquí gracias a que ha burlado la ley. Está contenta la CEOE, porque cuanto más mano de obra, mejor, y siempre hay trabajos donde falta gente, aunque sigamos teniendo una de las tasas de paro más altas. Están contentos el Gobierno y todos los partidos (menos uno), que aprovechan para presumir de buenos sentimientos, y estará también contenta la opinión, por lo mismo: ¡qué buenos somos!

Somos tan buenos, tan buenos, que hemos organizado un macabro juego en el cual, al que consiga llegar, le damos premio, y al que se quede por el camino, pues qué pena, pero ahí se quedó. Les estamos diciendo a gentes de todo el mundo que emprendan viajes costosos, inciertos y peligrosos porque si logran superar la prueba, entrar en España y permanecer un tiempo, al final les vamos a dar los papeles. Papeles, sí, pero sólo si no caen en la carrera de obstáculos. Las regularizaciones son el premio al superviviente. ¿Es esto para felicitarse? ¿Para presumir de buenos sentimientos? ¿Hemos llegado a tanta inconsciencia? La corrección política, ¿nos ha quitado la capacidad de pensar? Nos ha quitado, seguro, la capacidad de pensar y debatir sobre política de inmigración.

España lleva décadas siendo incapaz de armar una política que incentive la inmigración legal y lleva las mismas décadas con una política que incentiva la inmigración ilegal. La causa no está en que tengamos un Estado mínimo, un Estado como los del siglo XIX, cuando uno se podía mover por todo el globo, siempre que pudiera, sin pasaportes ni visados. Muy al contrario, tenemos un Estado complejo y sofisticado, un Estado provisto de instrumentos de control que antes eran impensables, un Estado mucho más intrusivo. Y a pesar de esta maquinaria gigantesca, no somos capaces de sustituir las oleadas de inmigración irregular por la llegada de inmigración legal. Es de una ineptitud inconcebible, tanto más cuanto que hay políticas autonómicas que funcionan y pueden servir de guía. Mientras las vías legales no se impongan a las ilegales, seguiremos así: regularizando oleada tras oleada y fomentando el macabro juego del superviviente.

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