
Voy coleccionando declaraciones gubernamentales y vislumbro una pauta. No hay explicaciones científicas, salvo que se tomen por tales las que formuló Fernando Simón en los primeros compases. Dijo entonces, 5 y 6 de mayo, que es "muy raro" el contagio del hantavirus entre humanos y que la transmisión de persona a persona "se conoce, pero no es muy frecuente". Una diría que los hechos lo están desmintiendo o que la rareza se ha producido. Pero no es raro que los acontecimientos desmientan a quien pronosticó, al final de enero de 2020, que "España no va a tener, como mucho, algún caso diagnosticado" de aquel nuevo virus, el Covid-19, que un mes después entró de lleno para provocar la peor epidemia de nuestro tiempo. Simón restó importancia al riesgo, igual que ha hecho ahora, apelando a la poca transmisibilidad.
La falta de confianza en las altas autoridades sanitarias del Gobierno, cuando de alertas se trata, no proviene de las pulsiones irracionales de una población que nada sabe de ciencia ni de virus. Es el resultado de una experiencia vivida y contrastada. Porque no fue sólo Simón. Fueron muchos más, fueron todos. Del Gobierno o del circuito gubernamental. Primero, le quitaron importancia. Fue aquello célebre del 8-M de 2020: "mata más el machismo". Esa es la fase en la que estamos ahora con la crisis del crucero, la de minimizar y, ya que estamos, colocar la consigna de turno. Los paralelismos son tan brutales que en el programa Mañaneros, de TVE, se dio el otro día, yo lo escuché, el grito de guerra actualizado: "el único virus que tenemos es el fascismo y la ultraderecha". Cuando hay que elegir, y hay que elegir, entre la gestión bien explicada y la propaganda coronada de autobombo, tienen las prioridades siempre claras. Ese es el problema. Y el problema de credibilidad crece ahí.
"Un éxito", "un éxito de país, de multilateralidad, del concepto de salud global", "orgullo de un país que se ha hecho cargo", "es un orgullo ser español porque España siempre cumple", "todo el mundo es consciente de que el corazón y el cerebro de toda esta operación multilateral ha sido España", "los españoles podemos estar orgullosos", "el mundo nos está mirando y está agradeciendo nuestra labor". Hay más, pero basta. Nos ahogamos con esta marea de autocomplacencia. Diseñados por el mismo gabinete, ahí están las palabritas de Mónica García, Pedro Sánchez, José Manuel Albares. Además, el jefe de la OMS va a hacerle a Pedro el favor de reunirse con él y comparecer juntos para que la prensa haga dos preguntas. La OMS y el Covid, otra historia de errores. Corramos el velo. Pero el personal entrenado para aplaudir, aplaudirá, y gritará fuerte lo del éxito, el orgullo, "el mundo nos mira" (mantra del separatismo catalán) y nos hace la ola, para que se oiga mucho, pero mucho en Andalucía, que hay elecciones.
Esto no es el Covid, repiten. Pero el Covid no era el Covid cuando apareció. No iba a pasar nada, todos tranquis. Y a lavarse cien veces las manos porque es el santo remedio, según la OMS. Ahora tampoco se admiten disidencias. Los estupendos llaman "ruido" a cualquier opinión distinta a la del Gobierno. ¿Hay que recordarles que la democracia es ruidosa? ¿Y que hay un nombre para los sitios donde sólo se oyen una voz y una versión?
Es encantador que celebren, como hace la ministra, el "éxito" de la "multilateralidad". Todo ha sido muy multilateral, sí, excepto en España. Sitio para todo el mundo, menos para las comunidades autónomas.
