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Carmen, Macarena y, efímeramente, Yolanda

Que gente así, a derecha e izquierda, esté mandando en la vida y quehaceres de millones de españoles, además de cabrearnos, como es de estricta sensatez, nos da miedo.

Que gente así, a derecha e izquierda, esté mandando en la vida y quehaceres de millones de españoles, además de cabrearnos, como es de estricta sensatez, nos da miedo.
MADRID, 12/06/2024.- La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, interviene durante la sesión de control al Ejecutivo este miércoles en el Congreso. EFE/ Fernando Alvarado | EFE

Asistimos este sábado a un espectáculo inspirado en la ópera Carmen. Fue en el Palacio de las Dueñas de Sevilla, de la casa de Alba y antes, de los Pineda. En la ensenada de la entrada, una placa y un estatua recordaban que Antonio Machado nació precisamente allí, en las dependencias que alquilaron sus padres, administradores del conjunto, poco después de nacido Manuel, su hermano, que también tuvo una infancia de recuerdos de ese patio de Sevilla y de los limoneros que allí maduraron.

Ser de, haber nacido en o vivir en Sevilla tiene que ver demasiadas veces con no haber ido nunca con voluntad de asumir lo propio al Alcázar, a la Catedral o a las centenas de lugares históricos que recuerdan qué es y fue la ciudad. Era nuestro caso. Nunca habíamos ido a visitar el pacificador Palacio de las Dueñas, palmeras, descomunal pino, tal vez ciprés, cactus, rosas, buganvillas y sus extensos patios y jardines donde habitó, he leído, hasta una hija de Hernán Cortés.

En uno de espacios, dos mezzosopranos, un tenor, un barítono y una infatigable pianista representaron, simplificada pero fielmente, la historia de aquella Carmen de Merimée, cuya existencia le fue revelada al francés por María Manuela Kirkpatrick, madre de Eugenia de Montijo. Si fue o no real, quién sabe, pero sí se sabe que el don José de la Ópera, recuerda Merimée en carta a su inspiradora amiga, fue un "valentón de Málaga" que mató a su amante por celos.

Pero voy a otra cosa. Pese a la paz y la belleza del lugar y del acontecimiento, se subió a la cabeza el pecado, a veces reparador, de la comparación odiosa. Podríamos ser unas 200 personas a una media de 50 euros por cómoda silla. O sea, 10.000 euros, incluyendo los beneficios de la Casa de Alba, el personal de atención al público y de mantenimiento de tal tesoro, la iluminación, el alquiler del piano, el vestuario y, cómo no, los honorarios de los artistas y la limpieza final.

Tras esos cálculos, se me vinieron a la memoria las actividades del nuevo "hermanísimo" de la historia de España, David Azagra, en realidad David Sánchez Pérez—Castejón, músico "eminente" de Europa según el socialista que le contrató en la Diputación de Badajoz. En el primer caso, hay mérito, esfuerzo, humildad, servicio público y al público, calidad, e ingresos modestos En el segundo…mera familiaridad con un presidente y voltios de regalo. Gritan los malditos: Anatema, demagogia, bulo. Multa al infiel.

Qué daño, me dije, ha hecho la política de los partidos a la democracia española. En un partido de los vigentes, para llegar a algún sitio elevado, hay que haber aprendido más que cosas serias, a limpiar los zapatos de dirigentes sin valor específico durante años sin tener que demostrar ni formación, ni merecimientos ni dignidad ni idea alguna de calado. Sí, tuve que comparar el gozo que nos hicieron sentir aquellos artistas con el cabreo creciente que nos causa nuestros oscuros, zafios y tenebrosos políticos, con las excepciones de quienes las merezcan.

Luego leí la entrevista de Jesús Fernández Úbeda a Macarena Olona y, entre líneas, intuí que estaba describiendo de otro modo lo que sentí en el Palacio de las Dueñas. Tenemos organizada la política nacional de un modo, aunque sea constitucional, que expulsa de la primera fila a los que tienen valores e ideas y asienta a los que tienen intereses y malas costumbres o se avienen a tenerlos como única forma de supervivencia. La mentira y la maldad de origen maquiavélico se ha impuesto al servicio eficaz y al deber de los mejores que se atreven a distinguir qué puede hacerse y qué no. Cero conciencia. Mala cosa.

Por si fuera poco, parte de esta casta política se empeña en legislar sobre todo de cualquier manera, nadie sabe por qué o con qué intereses solapados. Pondré el ejemplo que me aportó el taxista que nos devolvió a casa: los animales exóticos. Voy a la Ley llamada de Bienestar Animal de 2023 y leo que sólo perros, gatos y hurones son considerados animales de compañía. Pero los conejos, por ejemplo, no.

Me puse a pensar en lo que significaba la palabra España en el viejo fenicio, que los griegos formularon como "tierra de conejos". ¿Cómo puede ser considerado exótico un animal que nos ha dado el nombre como nación? Y ya entonces, comprendí que el concepto de exotismo no podía venir más que la malamente amueblada cabeza de quién ha regido hasta ahora sustrayendo más que sumando el exótico, este sí, neocomunismo español, la "efímeramente" Yolanda.

Que gente así, a derecha e izquierda, esté mandando en la vida y quehaceres de millones de españoles, además de cabrearnos, como es de estricta sensatez, nos da miedo. ¿Cuál será la próxima ocurrencia? ¿La próxima ratería fiscal? ¿La próxima corruptela o acto de piratería? ¿El próximo intento de imponernos cómo pensar y vivir? Y no se me olvide, al taxista, un currelante de la murga, se le ha impuesto que el que le okupó un piso, que compró con el sudor de su frente, esté cuatro más sin pagarle un euro.

Cantó Manuel Machado, de niñez aprovechada en el Palacio las Dueñas de Sevilla:

Yo no sé por dónde
ni por dónde no
se me ha liao esta soguita al cuerpo
sin saberlo yo.

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