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Mario Garcés

El arte de la negociación política según Pedro Sánchez

Con sus aliados, Sánchez ha sustituido la negociación por la rendición, mientras que con la oposición, ha reemplazado la negociación por el bloqueo.

Con sus aliados, Sánchez ha sustituido la negociación por la rendición, mientras que con la oposición, ha reemplazado la negociación por el bloqueo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | EFE

Hace algunos años, un compañero secretario de Estado se estaba empleando a fondo en una negociación ardua y compleja con varios sectores con intereses cruzados. Informaba periódicamente al ministro del avance de las conversaciones. El Gobierno había anunciado que se iba a llegar a un acuerdo inminente, y el alto cargo del Ministerio con su equipo se afanaba por alcanzarlo. Muchas noches de insomnio y una presión mediática difícil de sostener. Cuando había pasado una semana, el ministro llamó a su despacho al secretario de Estado y a sus colaboradores y les dijo: "Tengo que daros una noticia. Las negociaciones han concluido. Ya hay acuerdo". Incrédulos, no daban crédito a lo que estaban escuchando, pues ellos eran los que escenificaban la negociación. El secretario de Estado le preguntó al ministro: "Perdone, pero nos quedaba ya muy poco. El acuerdo estaba al alcance de nuestras manos". El ministro sonrió y le dijo: "La verdad sea dicha, no me podía fiar de que fracasarais en las negociaciones. Así que llamé a los interlocutores y acepté todas sus pretensiones. Ahora sólo os queda justificar que el acuerdo es fruto de la voluntad de todas las partes y que todos hemos sido partícipes del mismo". Y así fue, para desdicha del secretario de Estado, quien, desde ese mismo día, descubrió que no había que fiarse nunca de un ministro presionado.

A lo largo del último año, han sido baldíos los intentos de categorizar el método de negociación que Sánchez despliega con todos sus socios. Cabría pensar que adapta las técnicas de negociación en función de la posición relativa de fuerza de cada uno, de las necesidades en función de si son a corto o a largo plazo, de los intereses compartidos o no, incluso de las debilidades que presentan el resto de las partes. Nada de eso. Con sus aliados, Sánchez ha sustituido la negociación por la rendición, mientras que con la oposición, ha reemplazado la negociación por el bloqueo.

Podría ser que a falta de grandes negociadores, utiliza técnicas rudimentarias para alcanzar sus acuerdos, pero sería una conclusión demasiado generosa. Su comportamiento es más primitivo: su posición es de extrema debilidad, la exhibe públicamente y deja que sus interlocutores lo humillen. De hecho, la voz "negociación" procede del latín "negotium" ("neg" y "otium") o, lo que es lo mismo, la negación del ocio. Sánchez, en cambio, ha hecho de la negociación una práctica insustancial y desocupada, en la que ni siquiera comparece. A lo más, pone a trabajar a sus ganapanes para que justifiquen políticamente la capitulación, como si de un éxito se tratase.

Al igual que el personaje de Molière, Monsieur Jourdain, al que le encantó saber que toda su vida había estado hablando en prosa, la gente negocia incluso cuando no piensa que lo está haciendo. Todos menos Sánchez, que lisa y llanamente evita el conflicto y, por ende, la negociación. Todo ello por un bien superior personal que no es otro que el de subsistir a toda costa, cualquiera que sea el precio a pagar. Sánchez juega a ser un ente claudicante, a cambio de un precio que no paga contra su patrimonio, sino contra el patrimonio de todos y cada uno de los españoles. Contra el presupuesto, si es necesario mejorar la financiación. Contra la Constitución, si es menester romper el principio de igualdad para sanar incomprensiblemente determinados delitos con carácter retrospectivo. Contra su partido político, convertido en un tiovivo de emociones y arbitrariedades morales, en el que si hay que proponer a Bin Laden como candidato al Nobel de la Paz, lo hará sin fruncir un solo músculo de la cara.

Puigdemont, que tampoco es el más listo de Europa, le tiene cogida la medida, cuestión que tampoco es muy difícil. Y es así como negocia a base de amenazas, una táctica muy frecuente de la que se abusa en algunas negociaciones. Una amenaza parece fácil de hacer; mucho más fácil que una oferta. Todo lo que se necesita son unas cuantas palabras, y si funciona, queda en manos del amenazante ejecutarlas o no. Frente a un Puigdemont que amenaza, cabría utilizar por parte de Sánchez también la misma técnica, e iniciar un intercambio de amenazas. Nada de nada. Por el contrario, a la vista de la debilidad de Sánchez, antes Junts y ahora ERC optan por el método de las exigencias crecientes. De este modo, aumentan cada una de sus exigencias por cada concesión que se haga y pueden volver a abrir temas que pensaba que ya estaban cerrados. En una posición de extrema debilidad, como la que tiene Sánchez, el empuje de los nacionalistas surte el efecto psicológico de hacer que el presidente del Gobierno quiera ponerse de acuerdo rápidamente, antes de que vuelvan a incrementar más sus exigencias.

Pero Puigdemont es un negociador impredecible, en el que juegan factores psicológicos y sociológicos variables. Un negociador de pretensiones mutables y crecientes se acaba convirtiendo en un chantajista, porque es capaz de cualquier movimiento. Puede servir de ejemplo de la táctica de Puigdemont el caso que planteaba Thomas Schelling: dos camiones de dinamita se dirigen, uno contra el otro, por una carretera de un solo carril. La pregunta es: ¿qué camión se saldrá de la carretera para evitar un accidente? A medida que los camiones se acercan el uno al otro, Puigdemont, de forma que Sánchez lo vea con claridad, arranca el volante y lo tira por la ventana. Al ver esto, Sánchez no tiene más elección que, o bien lanzarse a un choque explosivo, o sacar su camión de la carretera y meterlo en una zanja. Está claro que, en la mente de un supérstite, únicamente queda la opción de la zanja porque nunca elegirá el choque, a riesgo de morir políticamente. Y en la zanja, Sánchez aspira a salir del camión, aunque sea por la ventanilla. Hoy por hoy, de momento, los camiones se dirigen al choque por la carretera. Y nada ni nadie los va a detener.

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