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Es imperativo sacarla

Si quieres dedicarte a la política, y la fiscalía más o menos lo es, debes saber que puedes perderlo casi todo, pero como pierdas "el relato", estás muerto.

Si quieres dedicarte a la política, y la fiscalía más o menos lo es, debes saber que puedes perderlo casi todo, pero como pierdas "el relato", estás muerto.
Alvaro García Ortiz. | Europa Press

Leo en la web oficial del Ministerio Fiscal: "El Fiscal General actúa con imparcialidad y es independiente, sin que pueda recibir instrucciones ni órdenes del Gobierno ni de ningún otro órgano administrativo o judicial". No tengo la menor duda de que siempre ha sido así. Si no, no habría podido ostentar el cargo alguien tan imparcial e independiente como Cándido Conde-Pumpido. Siempre ha sido así, hasta que se ha cruzado en la ecuación "el relato". Porque todo es contingente menos "el relato".

"El relato", penúltima majadería de los adictos al esnobismo, podría traducirse al cristiano como la capacidad de dominar, y a menudo moldear, la opinión pública sobre un hecho determinado, para dirigirla hacia intereses particulares, concepto que pronto en la enciclopedia se ilustrará con la efigie de un tal Sánchez.

No es nuevo el afán manipulador del poder político, sino la forma edulcorada de denominarlo, de un modo que habría hecho admirarse a Lenin y Goebbels. Lo fundamental en los pretendidos relatores es que el receptor no note que está viendo una película en el cine, con guionista partidario, sino que perciba que está ante la mismísima realidad que a sus ojos se ha presentado de manera absolutamente fortuita (léase recitando a viva voz el último hit de García Ortiz: "Si dejamos pasar el momento, nos van a ganar el relato").

En el contexto de la obsesión por ganar "el relato", lo usual es apelar a las emociones, incluyendo esto el control de la última hora. La información urgente tiene algo de visceral y mórbida, se digiere velozmente, y a menudo viaja por nuestra conciencia ajena a cualquier contrapeso crítico del intelecto. De modo que en el manejo de las emociones –echa un ojo a aquel 13M—, la última hora es el rey, la información testicular, la testosterona de la comunicación, el Viagra del relator, dicho en términos que pueda entender el célebre y olvidado lingüista Tito Berni.

No hace mucho trabajé en un gabinete ministerial a salvo de "relatos", pero confieso que, entre mis iguales en cualquier otra rama del Gobierno, sea el que sea, la sobredosis de relatos que van y vienen podrían dar lugar, no ya a un largometraje, sino a una saga interminable de films con enfoques teledirigidos sobre la realidad. Quizá por eso, con los años he comprendido mejor que el cosmos político no está lleno de políticos y asesores de comunicación, sino de extraordinarios novelistas, tipos que en ocasiones habrían hecho un gran servicio a la nación si hubieran dedicado su ingenio en exclusiva a la literatura y no a salvar el trasero a políticos envilecidos.

El gran drama de la democracia: el político es lo que la gente piensa que es, el político vale lo que la gente piensa que vale.

Cuento esto para que todo el mundo pueda entender la angustiosa retahíla de WhatsApp del Fiscal General del Estado a la fiscal superior de Madrid. Recordemos que Álvaro García Ortiz quería controlar "el relato" y aquello se le estaba yendo de las manos. Obediente a sus proponedores monclovitas, el hombre hizo todo lo posible para cambiar el curso de la historia informativa del día, razón por la cual ahora le ha visto con el culo al aire toda España. Pero no le culpo demasiado. Cualquiera puede oler el miedo de García Ortiz al recibir llamadas de la superioridad sanchista gritando lo peor que puede exclamar un político: "¡Estás perdiendo el relato!". Cero pruebas, cero dudas.

Veamos. Si quieres dedicarte a la política, y la fiscalía más o menos lo es, debes saber que puedes perder las llaves, la dignidad, la fe, la cabeza, el rumbo, el tren, el hilo, los estribos, el juicio, la memoria, el tiempo, el oremus, el norte, el apetito, el alma, el ánimo, la alegría, el conocimiento, el equilibrio, la alianza de matrimonio, la libido, la esperanza, la noción del tiempo, y hasta la virginidad, y no ocurrirá nada especial. Pero como pierdas "el relato", estás muerto.

Con todo, algo no me encaja en toda esta historia. Quizá he leído demasiado rápido sus mensajes, pero a mí esta presunta muerte profesional del fiscal general del Estado no me cuadra con el entusiasmo erótico-festivo con el que, al mismo tiempo, el hombre le anticipa en otro WhatsApp un verano del amor a la fiscal Almudena Lastra al grito magalufero de "¡hay que sacarla!".

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