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José García Domínguez

El cartel

Pese a todos sus esfuerzos para simular ante la galería que es lo que no es, la izquierda posmoderna carece de nada propio y original que aportar al debate de cosmovisiones en el siglo XXI.

Pese a todos sus esfuerzos para simular ante la galería que es lo que no es, la izquierda posmoderna carece de nada propio y original que aportar al debate de cosmovisiones en el siglo XXI.
MADRID, 24/06/2024.- Carteles del Orgullo 2024 del Ayuntamiento de Madrid, en la calle Gran Vía, de Madrid. | EFE

Ya tenemos de nuevo a la izquierda posmoderna fabricando otra polémica idiota a cuenta de la fiesta anual de los homosexuales madrileños, esta vez con la excusa del cartel oficial anunciador del evento. Y es que, por lo visto, en las banderolas del Ayuntamiento se publicita la fiesta como si se tratase de una simple fiesta, algo que ha indignado sobremanera no sólo a PSOE, Sumar y Podemos sino también al mismísimo Gobierno de España, siempre tan atento al asunto. Así, la ministra Redondo, de Igualdad, ha denunciado en sus redes sociales que en la publicidad del sarao no se recoge la reivindicación de unos ignotos "derechos" cuya naturaleza concreta, sin embargo, no se ha animado a especificar.

Quede claro, pues, que el Gobierno de España cree que los homosexuales españoles carecen de ciertos derechos legales básicos, y que la culpa de que carezcan de ellos corresponde al alcalde de Madrid. La izquierda posmoderna hace mucho tiempo que olvidó que el color de su bandera era el rojo; el rojo, no el verde, el morado o el blanco, como tampoco el arcoiris. Porque nacer homosexual (las preferencias sexuales de las personas no constituyen una elección voluntaria, libre y subjetiva, sino que vienen determinadas por estrictos condicionantes genéticos insoslayables) no constituye ni un mérito ni un demérito de nadie; es algo que remite un un simple rasgo biológico, como ser rubio o tener los ojos marrones.

Pero la izquierda posmoderna, a falta ya de otra cosa que se parezca siquiera lejanamente a una ideología propia, se aferra ahora a guerras culturales que, en el fondo, son contra sí misma. Pese a todos sus esfuerzos para simular ante la galería que es lo que no es, la izquierda posmoderna carece de nada propio y original que aportar al debate de cosmovisiones en el siglo XXI. Simplemente, no tiene nada relevante que decir. Así de crudo. Por eso, cuando llega al poder se dedica a montar campañas institucionales contra la gordofobia o a meterse con los cartelitos de Almeida. Es lo que decía Raimon, el cantautor: quien pierde los orígenes, pierde la identidad.

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