
Me alegra haber hecho caso esta vez a mi admirado Juanma González. Empecé a ver la serie Un caballero en Moscú hace más de un mes porque me interesó el título, que luego supe era el de una novela de Amor Towles. Tras leer su recomendación, me empeñé en verla completa aprovechando una convalecencia. Pues sí, es una de las mejores series que he visto en años y, salvo algunas concesiones a los corazones blandos, es una sorpresa reconfortante, sobre todo para los que llevamos años explicando el mal camino que es el socialismo, especialmente el marxista leninista.
Una de las alarmas más agudas de la narración de la vida de un aristócrata confinado en el Hotel Metropol de Moscú es que en la Rusia soviética que va desde antes de la muerte de Lenin a después de la de Stalin, no hay jueces, no hay periodistas, ni siquiera corresponsales extranjeros. Sólo hay partido vertical, miedo, servicios secretos, confidentes y sicarios a sueldo aterrorizando al pueblo en su propio nombre.
Era el aparato aplicador de las consignas de una cúpula enloquecida para la que todo lo pasado era despreciable, desde la arquitectura al buen gusto tanto como la vida de sus adversarios. La nueva era exigía sangre, de los nobles, de los liberales, de los socialdemócratas incluso, de todos los no bolcheviques. Luego se vio que también de cualquier disidente comunista del gran "soso" Stalin.
En un momento de la serie –no lo encuentro en la novela—, viene a concluirse, de labios de uno de los matones del Kremlin, que la bondad, la verdad, la belleza, la justicia, la diferencia, la honradez y otros valores eran cosa del pasado cuando la libertad y Dios existían. Desde la revolución, todo eso fue territorio del partido único y eran sus dirigentes quiénes decidían su significado, como el de todas las palabras, a las que también les llegaba su revolución.
Cuando empezaba en El Mundo, el "plumilla" que yo era se honró conversando con Severo Ochoa. En un momento, el Nobel español me dijo que si le pegaba un tiro me lo agradecería. Sin la compañía de su esposa, la vida no tenía sentido. Se publicó. Muchos de los grandes medios afines al gobierno, que lo querían como figurín en la Expo 92, se escandalizaron. Era mentira. Yo tenía que haber mentido, pero aquel español de bien no lo desmintió nunca. Fue verdad, trágica, pero verdad.
Poco más adelante, el juez Ángel Márquez, juez instructor del caso Juan Guerra, sufrió un intento de presión del que tuve conocimiento: declarar el secreto del sumario hasta las siguientes elecciones generales (fueron en 1993) a cambio de un puesto en el Consejo General del Poder Judicial. Sí, ya entonces. 18-03-1991. Hablé con él. "¿Lo desmentirá usted si lo publicamos?", le pregunté. Me dijo que no. Cuando vieron la portada me llamaron desde la Fiscalía para decirme que "estaba cogido" e iban a por mí. Pero aquel español de bien no lo desmintió y me volvieron a llamar dando marcha atrás.
Perdonen que les haya contado esto, que parece personal, aunque, si lo piensan con detenimiento, no lo es. En aquel momento, finales de la década de los 80 y principios de los 90, había periodismo y jueces en España. ¿Había supuestos periodistas en nómina? Sí, en la de todos los partidos. ¿Había jueces y fiscales controlados por partidos? Desde la ley del Poder Judicial de 1985, bastantes y creciendo. Pero había periodistas cabales y había jueces dignos. Se podía confiar en que la verdad y la justicia salieran adelante por un lado o por otro.
Pero, ¿qué pasará cuando en España ya no queden tales tipos de personas porque el partido de Pedro Sánchez, con la complicidad o no del PP y/o de otros, consigue lo que, a pesar de todo, no consiguieron los gobiernos anteriores, bien porque no pudieron, bien porque no quisieron? ¿Qué pasará cuando la realidad democrática española, tanto tiempo anhelada, pase a ser una realidad exclusiva de un partido que decide cómo se definen los valores y cómo se elimina a los adversarios sin jueces de por medio?
Estamos viendo cómo se continuaba la cacería fiscal y mediática de Isabel Díaz Ayuso (en la persona de su novio cuando ni siquiera lo era), sin respeto a los hechos ni al decoro procesal, cómo se amenazó a periodistas que cuentan los hechos veraces del Begogate, antes sólo Delcygate o Koldogate, acusándolos de cocainómanos, (incluso al presidente de Argentina le echó sustancias encima un ministro que ¡no ha dimitido!), cómo se ha amnistiado a golpistas y blanqueado terroristas o cómo se maneja una Fiscalía General o una Abogacía del Estado.
Parece que vamos a ver pronto que las mayorías necesarias en lo más arriba del Poder Judicial en España van a seguir cayendo en manos de unos partidos, tal vez sólo en las de uno, que no creen en los valores de la democracia ni en los de una justicia digna de la libertad de una Nación. ¿Va a consentirse tamaño crimen, otro más aunque gravísimo, contra la Constitución y el Estado de Derecho?
Pues no se podrá aguantar más, porque las calles de España, como las estancias del Hotel Metropol del Moscú de la serie, estarán llenas de espías, esbirros, chequistas, confidentes, policías, colocados y ejecutores, pero vacías de jueces, periodistas, profesionales y ciudadanos auténticos. Esto es, vacía de libertad.