
Si los españoles conserváramos algo de sentido del ridículo, una virtud hoy definitivamente perdida en esta península, nos hubiéramos abstenido de impartir tantas paternales lecciones a los británicos a propósito de lo muy poco que les convenía el Brexit. Pero parece que todo el mundo aquí ha olvidado ya que cuando los ingleses dominaban el mundo entero en su condición de primera gran potencia capitalista de la historia de la humanidad, en España todavía se utilizaba el arado romano para cultivar la tierra. Y es que, lecciones de Economía a los ingleses, pocas.
Mientras escribo esto, me estoy imaginando las portadas de los periódicos en cuanto se conozcan los resultados finales de la votación del jueves. La mitad titulará haciendo referencia a una victoria histórica de los laboristas, mientras que la otra mitad enfatizará la dimensión igualmente histórica de la derrota de los conservadores. Porque estoy seguro de que ninguno querrá conceder que el gran triunfador indiscutible de la jornada va a ser el Brexit. Por algo, los laboristas, al igual que el resto de los partidos de la oposición, no han pronunciado ni una sola palabra sobre el asunto a lo largo de toda la campaña electoral, ni una sola. De hecho, lo raro no fue que se marcharan un día de la Unión Europea, sino que tardasen tanto en animarse de una vez a hacerlo.
Porque, contra lo que aquí nos empeñamos en seguir queriendo creer contra toda evidencia empírica, morar fuera de la Unión no supone ningún grave problema comercial para el Reino Unido. Y no lo supone por la muy prosaica razón de que el nivel promedio de los aranceles comunitarios para sus mercancías representa poco más que una propina a los aduaneros del continente para sus empresas exportadoras. ¿Dónde reside el gran drama entre no pagar nada y no pagar casi nada? En concreto, y por cuantificar, los productos británicos en Europa son gravados con un arancel del 3%, una tasa similar a la que también pagan Suiza y Noruega. O sea que, en la práctica, nada con sifón.