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Mario Garcés

Por qué lo llaman pornografía cuando quieren decir sexo

La izquierda del siglo XXI es moralizante y puritana, o no lo es. En otras palabras, la izquierda se ha hecho conservadora y reaccionaria.

La izquierda del siglo XXI es moralizante y puritana, o no lo es. En otras palabras, la izquierda se ha hecho conservadora y reaccionaria.
MADRID, 01/07/2024.-El ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, José Luis Escrivá, este lunes durante la presentación de los avances en la herramienta para verificar eficazmente la edad de quienes quieran acceder a contenido adulto en internet con el fin de proteger a los menores.EFE/ Mariscal | EFE

Hace algunos años, cuando el preministro Escrivá se afanaba en desempeñarse como un tecnócrata ortodoxo, nadie se habría cuestionado cuál era su visión sobre la pornografía. Ni fresa ni chocolate. En su despacho de la AIREF, los programas de consolidación fiscal o las proyecciones de crecimiento económico eran realidades asexuadas, y la pornografía, como mucho, un tema de conversación de taberna en horario de once de la mañana. Ni Escrivá era un pornógrafo, al uso etimológico del término, ni su responsabilidad tenía un alto contenido sensual. En cambio, la mutación eugenésica del economista en político provocó, más allá de la asimilación misma del complejo del maqueto, que hiciera suyo, irreflexivamente, todo el paquete del nuevo puritanismo de la izquierda española sobre el sexo. El paquete entero como diría mi buen amigo Jorge Sanz en la película "¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?"

La izquierda del siglo XXI es moralizante y puritana, o no lo es. En otras palabras, la izquierda se ha hecho conservadora y reaccionaria. Pero no solo la izquierda, porque hay una fuerza inquietante al otro lado de la izquierda que da por válidos los prejuicios moralizantes del socialismo del milenio sin reparar siquiera en sus contradicciones. Tal es así que, paradójicamente, existe un consenso político en España muy arraigado por el que la sociedad debe regirse bajo prohibiciones y restricciones. La izquierda, pero no solo ella, convertida a una nueva religión donde la abolición o el dirigismo conductivo deben estar presentes frente a la libertad.

La izquierda etiológica, más allá de su afán lacerante por acabar con la libertad individual y con su necesidad de imponer conductas sociales, ha acuñado determinados prejuicios basados en afirmaciones falsas o no genéricamente contrastadas. Por ejemplo, la izquierda sostiene que toda la prostitución es forzada y, por consiguiente, susceptible de abolición. Esa afirmación es categóricamente errónea pero, en cambio, ha calado en otros partidos políticos. En España, hay prostitutas prostituidas y prostitutas no prostituidas, mientras que la izquierda solo reconoce la primera categoría, que la reserva, habitualmente, al género femenino como una forma de explotación tradicional, ignorando la prostitución masculina y la prostitución voluntaria. Es evidente que Buñuel habría tenido grandes problemas para rodar "Belle de jour" en nuestros días, y Paco Rabal no habría tenido opción de protagonizar uno de sus papeles más representativos. Cuestión diferente es que, a título personal, cada uno de nosotros podamos tener una perspectiva moral sobre el tráfico carnal, pero no existe ningún bien jurídico a proteger, fuera de la misma esclavitud sexual, que conduzca a la prohibición de la prestación voluntaria y libre de servicios sexuales.

Pues bien, existen voces socialistas que claman a favor de la prohibición de la pornografía porque, según se ha llegado a decir, "educa a las manadas". Ante esta afirmación meramente intuitiva y sesgada, solo queda afirmar que no está probado que eso sea así. Pero basta con proferir ocurrencias para legitimar medidas dirigistas de alcance moralizante. No afirmo que la pornografía no pueda generar ansiedad y frustración entre alguna capa social y, muy especialmente, en niños y adolescentes, pero de allí a afirmar que sea un acelerador de violaciones hay un abismo. Con gran precisión comparte esta opinión el profesor Pablo de Lora: "No hay prueba de vinculación entre pornografía y asgresiones sexuales, más bien al revés... Otra cosa es que eduque en una forma de encarar las relaciones sexuales a los jóvenes. Pero, ¿violencia? Ese es un debate muy antiguo al que ha vuelto un feminismo neopuritano que ya se estilaba en Estados Unidos en los 70, y que viene a leer las relaciones sexuales como relaciones de poder, con toda una simbología de la dominación, donde el hombre siempre hace que la mujer se arrodille. Tras eso hay una visión muy sesgada, y da lo mismo que les mentes el éxito que tiene entre los hombres por ejemplo las escenas lésbicas, o el hecho de que sea el hombre muchas veces el que se arrodille a dar placer a la mujer. Es muy puritano y, desde luego, muy sorprendente encontrar esto en manos de la izquierda."

La izquierda podría seguir con los juegos virtuales de guerra y destrucción, y el impacto que puede tener sobre la violencia real, o con la ansiedad que generan las redes sociales a través de la creación de mundos paralelos e inaccesibles, generando evidentes trastornos de personalidad que pueden llevar al suicidio. En ese dulce compás de las causalidades socialistas, todo es susceptible de ser abolido o prohibido.

La izquierda, con el sexo, se ha hecho religiosa y ha abandonado el laicismo propio de sus orígenes. De un modo u otro, con sus pretensiones censoras, vuelve a convertir el sexo en un tabú y lo resacraliza, cuando tanto había costado desacralizarlo en las últimas cinco décadas. Anthony Giddens ya describió en los noventa el conservadurismo de la izquierda con respecto a la consecución del Estado del Bienestar, pero en cualquier caso es cierto que hoy una parte de esa izquierda que parece empeñada en vigilar y censurar las conductas ajenas de un modo que parecía más propio del conservadurismo religioso. Pero no solo el socialismo español se empeña en convertir el sexo en un pudiente pecado público, porque parte de sus postulados han germinado en otras fuerzas políticas. Y eso es para hacérselo ver.

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