
"¿Usted se ha preguntado cuál es el marco de principios éticos que estamos exponiendo como nación ante el mundo con su declaración ante los jueces? ¿Cree usted que puede representar debidamente los intereses y la imagen de España en los foros europeos e internacionales tras su declaración de hoy? ¿Usted se ha preguntado si en sus ‘actuales circunstancias’ es la persona que más conviene a España para presidir el Gobierno? Sólo le queda una salida honorable: presente su dimisión oficial ante el Rey esta misma mañana. Solo tiene un camino: dimitir. No arrastre a España en su caída".
Estas preguntas y aseveraciones fueron hechas, entre otras muchas, por el jefe del sanchismo el 26 de julio de 2017 en una comparecencia en la sede del PSOE de la calle Ferraz de Madrid, después de la declaración que esa misma mañana había hecho, como testigo, el entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en la Audiencia Nacional, por el llamado caso Gürtel.
Es lo que tienen las hemerotecas, las fonotecas, las videotecas. Ponen a cada uno frente a lo que ha dicho en el pasado sobre cuestiones de relevancia y le interpelan para saber si en la actualidad es capaz de mantener lo que entonces dijo y actuar en consecuencia. Ya sabemos que el jefe del sanchismo es capaz de "cambiar de opinión" con una facilidad asombrosa. Ejemplos no faltan: nunca formaré un gobierno con Podemos, porque ni yo ni muchos españoles podríamos dormir tranquilos; nunca pactaré con Bildu: ¿cuántas veces hace falta que se lo diga?; no habrá ley de amnistía, porque entre otros motivos, es inconstitucional. Todas esas declaraciones también formaban parte de la hemeroteca reciente y, sin embargo, Sánchez "cambió de opinión".
Por tanto, no hay que hacerse ilusiones con que el jefe del sanchismo se aplique a sí mismo la misma medicina que le recetó a Rajoy hace unos años, aunque el próximo martes 30 tenga que declarar como testigo ante el juez Juan Carlos Peinado en relación con todo lo que rodea a la investigación que está llevando a cabo sobre los posibles delitos cometidos por su mujer, Begoña Gómez: tráfico de influencias y corrupción en los negocios, al que habría que añadir el de "apropiación indebida", como le ha pedido que investigue la Universidad Complutense en un informe que le mandó al juez la pasada semana.
¿Conocía el jefe del sanchismo las "andanzas" de su mujer que está investigando el juez? ¿Le facilitó algunos de los contactos o no hizo falta? ¿Consideró que todo lo que estaba haciendo su esposa era ético, estético, siendo él, presidente del Gobierno? ¿No cree que Begoña Gómez se aprovechó, en sus gestiones, de su condición de esposa del presidente? Como le dijo el portavoz del PNV, Aitor Esteban, "hay cosas que no se pueden hacer".
Lo mismo que Sánchez pensó en su momento que no era creíble que Rajoy, siendo vicesecretario general del PP, no conociera —como manifestó en su declaración en la Audiencia Nacional— las acusaciones planteadas en el caso Gürtel, y pidió su dimisión de la Presidencia del Gobierno el día que fue a declarar, el jefe del sanchismo tiene que admitir que muchos españoles no se crean que él no conociera las actividades de su mujer, las visitas que recibía en la Moncloa para conseguir la cátedra en la Complutense, las cartas de recomendación que escribía. Cosa distinta es que considere que en la actuación de su mujer no hay "nada de nada" y que todo son "bulos, fango y mentiras". En este último supuesto, el presidente, que ha manifestado que todavía cree en la Justicia, seguro que no tendrá inconveniente en colaborar con esta el próximo día 30, contestando a todas las preguntas que le plantee el juez Peinado.
No sé si al jefe del sanchismo le ha sorprendido esta citación del juez —solicitada por VOX, que está personado en la causa como acusación particular— para que declare como testigo. Al menos tendrá que reconocer que el juez Peinado está siendo resistente a la brutal campaña de desprestigio que se ha desatado contra él desde el sanchismo: empezando por el lenguaraz ministro de Justicia, Félix Bolaños, siguiendo por el dóberman preferido del presidente, el ministro Óscar Puente, pasando por las críticas —que vergüenza y que falta de dignidad y pudor— de dos ministros que son jueces de carrera: Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska y acabando por el exjuez Baltasar Garzón, expulsado de la carrera judicial en 2012.
Es de suponer que el jefe del sanchismo habrá metido en un cajón su plan de "regeneración democrática", con lo que le está sucediendo. Debería cesar a su jefe de gabinete o a quien le planificara la presentación de ese pseudo plan el pasado miércoles en el Congreso. No se pudieron elegir peor las fechas, haciéndolas coincidir con la segunda no declaración de su mujer, la imputada Gómez, y con su citación como testigo. Como para seguir liderando el plan de "regeneración democrática".
Por no hablar de la investigación que está llevando a cabo una jueza de Badajoz, Beatriz Biedma, sobre el hermano del jefe del sanchismo, David Sánchez Pérez Castejón, que por las informaciones que se han ido conociendo, da la impresión que tiene mucho recorrido.
Ante esta situación, a Sánchez sólo le quedan dos salidas: la más lógica sería dimitir. Y si para eso tiene que tomarse otros cinco días de reflexión, que no lo dude, pero que al final de ese tiempo, escriba —como le ha aconsejado Feijóo— su tercera y definitiva carta.
Como es altamente probable que su ego y su soberbia no le permitan tomar esa decisión, tiene una segunda opción: ante la situación de casos de corrupción que acorralan a su entorno familiar —mujer y hermano—; como su gobierno no existe: sólo se habla de Begoña y de David; como no tiene presupuestos aprobados; como su socio de gobierno está hecho unos zorros; como sus apoyos en el Congreso ya no son tan firmes, tome, aunque sólo sea por una vez, una decisión acertada y democrática: convoque elecciones generales y de a los españoles la oportunidad de pronunciarse y decir con su voto lo que piensan de usted: el peor presidente del Gobierno que ha tenido España en muchos años, disputando esa posición, con foto "finish" incluida, con José Luis Rodríguez Zapatero.