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Piensan que eres idiota

Lo que une a Biden, a Soros, a Von der Leyen, a Guterres, a Gates, y a Schwab no es un plan mundial para dominar el mundo.

Lo que une a Biden, a Soros, a Von der Leyen, a Guterres, a Gates, y a Schwab no es un plan mundial para dominar el mundo.
Foto tomada en el mismo momento en el que fue tomada la que ha utilizado la Moncloa a modo de propaganda. | Twitter

Los gobernantes deben estar lo bastante lejos como para que no puedan meter el hocico en tu cama, y lo bastante cerca para que podamos patearles el trasero. Todas las tentaciones globalistas que pretenden un gobierno mundial, en realidad, presuponen que ellos lo harán mejor. Gobernar es como conducir. Siempre piensan que conduces mejor que el de al lado. Y ellos piensan que, por ricos o poderosos, sabrán decidir mejor desde Washington, desde Ginebra o desde Bruselas lo que necesita y lo que quiere para su vida un campesino de Illinois, un mecánico de coches de Berlín, o un ganadero de Almería. ¿Por qué? Por la misma razón que piensas que conduces mejor que los demás: porque todos los demás son idiotas.

Lo que une a Biden, a Soros, a Von der Leyen, a Guterres, a Gates, y a Schwab no es un plan mundial para dominar el mundo. Incluso ellos saben que serían incapaces de ponerse de acuerdo para eso. Lo que realmente les une es algo mucho más humano: creen que todos somos idiotas. Ellos no, porque han alcanzado la fama, el poder, o la riqueza. Por eso creen que pueden dirigirnos, porque somos inferiores.

En toda apuesta socialdemócrata, comunista, o socialista late el mismo asunto de fondo: creen que ellos pueden decidir mejor que nosotros sobre nuestros hijos, sobre nuestro dinero, o sobre nuestra salud. ¿Por qué? Porque somos idiotas.

Creen que pueden decidir mejor cómo cuidar nuestros ecosistemas más cercanos. ¿Por qué? Porque somos idiotas.

Creen que pueden cuidar mejor a nuestros animales. ¿Por qué? Porque somos idiotas.

Creen que pueden cuidar mejor de nuestros pulmones, de nuestro corazón, y de nuestra vida sexual. ¿Por qué? Porque somos idiotas.

Creen que pueden manejar mejor el trato con nuestras mujeres, amigas, y madres. ¿Por qué? Porque somos idiotas.

Creen que pueden gestionar mucho mejor nuestras propiedades que nosotros mismos. ¿Por qué? Porque somos idiotas.

Mao no pensaba en hacer un lugar mejor para los chinos. Pensaba en hacer algo mejor para él, pero, sobre todo, pensaba que él decidiría mejor que sus millones de súbditos y secuestrados. ¿Por qué? Porque eran idiotas.

Stalin tampoco quería hacer la gran Unión Soviética para prosperidad de los desfavorecidos y toda esa cantinela. Simplemente quería sacarle de las manos a los rusos el control de su propio destino. ¿Por qué? Porque eran idiotas.

Incluso Obama, que llegó creyéndose partícipe de una especie de epifanía de la democracia, como convertido en un Mesías de color para acabar con el racismo, la discriminación, y las desigualdades, no pudo evitar pensar exactamente lo mismo. ¿Y qué es? Que somos idiotas.

En algo tienen razón. Yo soy bastante idiota. Quiero decir que sería incapaz de dirigir los destinos de mi nación, porque a duras penas logro manejar los de mi vida. De caerme en suerte la presidencia de los Estados Unidos, haría que la cerveza fuera gratis, disolvería todos los organismos públicos, prohibiría el brócoli en los supermercados, cambiaría los carriles bici por circuitos de carreras para motos de gran cilindrada, y reformaría la Casa Blanca por un palacio hortera y apabullante, una mezcla de la residencia del César con la tecnología de un príncipe saudí contemporáneo. Pero yo al menos lo confieso, lo asumo y lo sé: nunca podría dedicarme a la política, o, mejor dicho, nunca podría arriesgarme a ganar unas elecciones. Sí porque la política en sí se me da bien: soy columnista, o sea, soy experto en insultar.

Por todo lo anterior, la solución conservadora pasa por comprender que la política debe ser vocacional, y debe tener vocación de servicio público, no propio. Y los gobernantes deben estar cerca. Y las naciones unidas y fuertes deben decidir, democráticamente, sus propios destinos. Y también los estados y las regiones, en otra escala, deben tener sus cuotas de autonomía. Nadie en la ONU o en la OMS debería tener poder para bajar a la escala nacional e imponer políticas verdes, o sanitarias, o fantasear con un gobierno mundial de internet. Cuanto más lejos se toman las decisiones políticas del lugar donde se ejecutan, más se acerca el abismo totalitario.

La soberanía nacional otorga a los pueblos su libertad para decidir quién quiere que les represente, y qué tipo de políticas quieren que rijan sus vidas. La soberanía nacional respeta la libertad total del individuo, solo chocante con una norma esencial: cargar con las consecuencias de sus actos. La soberanía nacional es, por tanto, un síntoma de madurez social.

Fortalecer la soberanía frente a las tentativas de gobierno mundial es la mejor manera de fortalecer la democracia. Cada vez son más las medidas políticas que afectan a nuestra vida que proceden de organismos y personas a las que no hemos votado directamente. Cuando los gobiernos comenzaron a aplicar medidas restrictivas por la pandemia, lo hacían siguiendo los mandatos de la OMS, y como después supimos, la mayoría eran estúpidos, falsos o incluso contraproducentes. Los gobiernos se abrazaron a ellos cercenando gravemente la libertad de los ciudadanos. Y a nosotros solo nos quedaba preguntar: ¿cuándo demonios elegí yo que el Dr. Tedros AdhanomGhebreyesus tuviera tanto poder sobre mi propia vida y la delos míos, sobre lo que hago en mi barrio, sobre lo que hacen mis hijos en la escuela, ¡sobre si van a la escuela!, y sobre lo que hago con mi mujer en mi maldito dormitorio; no olvidemos que uno de los consejos más divertidos de la OMS fue "limite sus parejas y relaciones sexuales", a lo que alguno de mis amigos respondió con la sonrisa del meme Harold hide the pain "¿más aún?".

Tampoco se quedaron atrás los de Harvard. Para llevar a cabo sus planes enloquecidos contra el virus, los presidentes de todos los gobiernos justificaban sus normativas en un grupo misterioso y desconocido llamado "los expertos". "Lo dicen los expertos" es la peor justificación de la historia política. En algunos países esto derivó incluso en situaciones surrealistas: en España, después de un año acatando leyes estúpidas de distanciamiento social, toques de queda, y confinamientos totales de varias semanas "por decisión del comité de expertos" supimos que no existía tal comité de expertos, que no había nada parecido a un experto tomando las decisiones, a menos que consideremos como expertos a los dos cojones del presidente Sánchez.

En América y Europa salieron entonces a pasear supuestos informes de expertos de diferentes universidades de prestigio, entre las que se suele citar Harvard, prestigiosa supongo por ser una fábrica interminable de idiotas con ínfulas de solemnidad. Y los de Harvard tuvieron momento genial en plena pandemia, en un informe publicado por Annals of Internal Medicine, en el que aconsejaban a los ciudadanos mantener relaciones sexuales con preservativo, mascarilla, y a través de posturas que no impliquen la cercanía de los rostros. Como consecuencia de estas recomendaciones, en torno al mes de junio traté de reproducirme con mi chica mediante esporas estando cada uno en una esquina de la casa, y ahora tenemos un camelio precioso y florido. Le hemos llamado Harvard.

Este artículo es un extracto editado de I Will Not EatCrickets: An Angry Satirist Declares War on the GlobalistElite ("No comeré grillo. Un satírico cabreado declara la guerra a la élite globalista"), nuevo ensayo de Itxu Díaz editado por Bombardier Books en Estados Unidos.

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