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Ligar en el súper

En la zona de conservas he obtenido un dato sociológico de máximo interés, y es que la gente cuando liga en el supermercado está de los nervios

En la zona de conservas he obtenido un dato sociológico de máximo interés, y es que la gente cuando liga en el supermercado está de los nervios
Pedestrians walk past the Spanish supermarket chain Mercadona as a woman (L) begs for money at the entrance in Spain. (Photo by Xavi Lopez / SOPA Images/Sipa USA) | Cordon Press

La vida del cronista es sacrificio tras sacrificio. Ahí estaba yo anoche, con mi bloc de notas y mi estilográfica afilada, mi piña del revés en el carrito, y mi cara de gilipollas, recorriendo los pasillos del Mercadona somnoliento, cuando ha venido una muchacha probablemente poseída por Satán, con su piña del revés, cantando rueda desde el pasillo de chocolates, y golpeando carritos piñosos como si no hubiera un mañana, incluso el de un septuagenario que se ha pegado un susto de muerte, y muy amablemente la ha invitado a visitar Cuenca este fin de semana en compañía de su madre, si bien el hombre aventuró cierta condición extra sobre su madre que yo me abstendré de afirmar por falta de pruebas.

Al detectarle yo a la moza cierto parecido con Cristina Almeida, además de esos ojos que eran bichas, como en el poema de Gil de Biedma, y ver que ponía proa hacia mis coordenadas, he hecho una rápida operación de despiste, la 4-40, un juego rápido de muñeca, plas, plas, lanzando mi carrito hacia la zona de yogures, que es terreno neutral y no hay tías porque hace un frío incompatible con el amor, momento que nuestra particular Fernanda Alonso ha aprovechado para driblar al destino y colarse por el ángulo muerto entre los batidos de chocolate y mi carro, impactando diagonalmente con todo su carrito fuera de control contra mi hueverío, y dejándome, sospecho, sin opciones de éxito en el amor durante los próximos seis meses.

Para reponerme del intento de castración, en mis tiempos perder los huevos en el Mercadona era otra cosa, he puesto la piña del derecho, y he paseado por la zona de embutidos con cierto desdén, donde una señora que podría ser mi abuela, con su chaquetita de punto azul a 29 de agosto y 30 grados, se me ha acercado maternal, me ha sonreído, le ha dado la vuelta a mi piña, me ha propinado dos cariñosos golpecitos en la frente, y me ha reconvenido como si yo fuera idiota: "ay, si no la pones boca abajo, no pillas, cariño".

En la zona de conservas he obtenido un dato sociológico de máximo interés, y es que la gente cuando liga en el supermercado está de los nervios, mira para todas partes como si fueran yonkis esperando a su camello, y escudriña ojos ajenos como agentes de la policía secreta buscando a un terrorista. Y, claro, no se centran en lo que hacen, de modo que, cuando pasaba yo a la altura de las sardinillas en aceite, a un mamón piña-abajo que manoseaba latas sin prestar la más mínima atención mientras miraba por el reflejo de la banda de precios si se le escapaba alguna Sharapova por la retaguardia, se le ha resbalado la lata más grande, la de infinitos kilos de atún, y en el intento de frenar la inevitable caída ha fracasado, pero sus manotazos amortiguadores han provocado un efecto sunami en todo el estante, viniéndose abajo la fila entera de latas justo a mi paso, hasta dejar mi carrito sepultado entre caballa, atún y berberechos al natural, y si bien las cajitas de las latas atenúan bastante el golpe, tengo que decir que los malditos tarros de cristal de la ventresca en aceite de oliva revientan contra el suelo que es un primor, que me dejaron los zapatos tan aceitosos que he tenido que seguir mi operativo patinando y haciendo el ángel, y clavando las uñas en los estantes al dar las curvas, para no salirme por la tangente y acabar ligando en el Lidl al otro lado de la autopista.

Al fin, nunca se sabe, sentí la llamada de la selva al cruzarme con una morena escultural, con su piña-abajo y su canesú, en pleno pasillo de los vinos, y le arreé un carrazo que por poco no resulta póstuma nuestra relación, en caso de haberla, y me correspondió, cuando recuperó el color original de su cara tras el sobresalto, con una bella sonrisa toda llena de dientes. Como creía que ya estaba todo el pescado vendido, cogí la botella más cara de los tintos, la de las grandes ocasiones, y le pregunté que a qué hora la recogía para ir a cenar, a lo que me respondió con una pregunta extrañísima que jamás me habían hecho en ningún pub anteriormente: "pero, ¿dónde está tu melón?".

Miré a un lado y a otro, me rasqué la cabeza pensativo, y se me apareció de nuevo la abuelita enterada, ya como si fuera mi ángel de la guardia, para decirme al oído "no te enteras, chico, el melón significa que queréis llegar al altar", con lo que, con los ojos como bocas del metro en llamas, lancé una mirada estremecida al carrito de la morenaza, y descubrí que tras su amplia sonrisa de labios rojos había un maldito melón camuflado en el centro de su carro, y, levantando una gran humareda, salí corriendo marcha atrás con mi carrito como quemado por la chispa del diablo.

Recuperado de la taquicardia de una casi boda con la de los melones, anunciaron por megafonía el cierre inminente de la discoteca, o lo que coño sea ahora esto, y perdido entre hileras de licores y toallitas WC, di de bruces con el pasillo de comida para gatos, que estaba a reventar de chicas empoderadas, con ojos de intensa melancolía y restos de hojas de piña en el carrito, comprando sacos enormes de pienso, y latas de bolitas de carne con un aspecto que haría vomitar a una cabra, preparando una velada felina inolvidable, sospecho que tras haber fracasado en el intento de estamparle el carrito a algún Brad Pitt apiñado. Hasta yo, que no tengo gato, y que soy alérgico a los animales mentirosos, cogí un saco, como en un ritual de aceptación del celibato, y me dirigí a la caja, para salir después y verme en el espejo de la entrada hecho un cromo, infinitas las ojeras, lleno de lamparones de aceite, con el pelo como si me hubiera peleado con una docena de gatos, la pluma destintada haciéndome un grafiti azul a la altura del bolsillo de la camisa, y cojeando por la entrepierna. Una fiesta.

Mañana voy a experimentar el hospital, que me han dicho que allí se liga un montón al caer la noche, si llevas un fonendoscopio colgando de la bragueta del pantalón.

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