Está mi playa favorita invadida de carabelas portuguesas. No de barcos, sino de una especie de medusas que no son medusas. Preferiría que fuera una invasión de barcos, que esos al menos puedes hundirlos a cañonazos. A las medusas no hay manera de hundirlas. Y su picadura, contra todo pronóstico, pica. Así que, a falta de poder bañarme, me he dedicado a pasear por la arena y a pensar en el curso que viene. Quiero ser mejor persona, al menos según los estándares de todos esos medios de adoración de la Agenda 2030. Así que estos son mis propósitos y, si no le gustan, tengo otros:
Seré mejor mujer negra cada día.
Publicaré menos fake news en mis redes sociales, especialmente en Tinder.
Sonreiré al pagar mis impuestos.
Repararé en casa todo lo que se me haya roto, con excepción de las relaciones de más de 15 años de antigüedad.
Ayudaré a cruzar la calle a un gatito.
A donde fuere, haré lo que viere que hacen los inmigrantes ilegales.
No volveré a insinuar que el alcohol tiene problemas con Kamala Harris.
Haré a pie todos los viajes trasatlánticos, excepto cuando las condiciones climatológicas sean adversas, que entonces podré permitirme la ayuda de un patinete eléctrico de una sola rueda.
En los viajes, yo tampoco podré producir mis propias emisiones hasta que llegue a mi destino.
Redistribuiré toda mi pobreza.
No cogeré más aviones que aquellos que cojan los líderes de la ONU cuando se desplacen a algún lugar del mundo a decirnos que no cojamos aviones.
No tendré nada y seré feliz. Si me sale de los huevos.
Donaré mi colección de bonsáis a Tía Wendy, que odia los bonsáis, para que se vuelva más inclusiva.
Contraeré la viruela del mono. Y, en solidaridad con las gallinas, la gripe aviar. Y, por qué no, si morirse es gratis y lo recomienda la OMS, contraeré también la fiebre aftosa, la leptospirosis, y cualquier otra que haga poner los ojos en blanco a Tedros Adhanom.
No lanzaré más bolsas llenas de tapones de botellas al fondo del mar.
Al menos una vez por semana, cubriré con una sábana la escultura del Coyote que tengo en mi escritorio, en solidaridad con el bobo del Correcaminos.
Practicaré la economía circular: le enseñaré mi trasero al director del banco cada fin de mes.
Acudiré al médico regularmente para que me haga un análisis de wokismo en sangre. Si en alguna ocasión el nivel fuera inferior a 6 millones de células woke por microlitro, me someteré a una intervención de cambio de sexo a manos de un chamán bolivariano de los que emplean ron como única anestesia. Cuando se me agoten los 30 géneros posibles, saltaré al reino animal, me cambiaré a perro, y le morderé el bajo de los pantalones a Pedro Sánchez.
Donaré mi colección de libros de extrema derecha a los fogoneros del PSOE.
Reto Cero Calefacción: este invierno nos calentaremos a bofetadas. La primera se la va a llevar el tonto del vecino del 4º.
Ejercitaré cada día mi paciencia: entraré en la web de Renfe a comprar un billete.
Me apuntaré al gimnasio. Me borraré del gimnasio. Hay que seguir las tradiciones.
No volveré a llamar dictador sanguinario al dictador sanguinario de Maduro.
Iré a trabajar haciendo auto-stop. Y le diré a mi jefe que presente sus alegaciones a Papá Antonio Guterres.
Veré la gala de los Goya.
Me haré una camiseta con el personaje más LGTB que meta Disney con calzador en su próxima producción infantil.
Empoderaré a mis compañeras de trabajo invitándolas a cenar y conminándolas a que paguen la cuenta.
Reto Cero Papel: escribiré mis artículos en el vaho del espejo del cuarto de baño.
Iré a trabajar en minifalda los lunes, jueves, y viernes.
No volveré a matar dos pájaros de un tiro. A partir de ahora los abatiré con argumentos sostenibles.
Compensaré mi huella de carbono comiendo quinoa tres veces por semana.
Los días que coma carne, abrazaré muy fuerte a un cactus.
Sentaré cada día a un progre en mi mesa.