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No hay nada más tonto que un obrero de izquierdas

Cada vez que el PSOE ha gobernado las condiciones de vida de los españoles han empeorado, en ocasiones hasta límites intolerables.

Cada vez que el PSOE ha gobernado las condiciones de vida de los españoles han empeorado, en ocasiones hasta límites intolerables.
José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. | EFE

En la campaña electoral de las elecciones generales de 2008 abundaron los cartelitos con la cara bovina del entonces presidente Zapatero con el lema "Por el pleno empleo". Cuando finalizó el año el número de parados había aumentado en un millón de personas. Otro millón más se sumó en 2009. A principios de 2010 Zapatero anunció en el Congreso que el paro había tocado techo y que a partir de abril, de verdad de la buena, el empleo empezaría a crecer. Otro millón de parados más tarde, Zapatero acabó dimitiendo, dejando tras de sí un panorama desolador: más de cinco millones de desempleados en el país, la mayor tasa de paro de la historia. Dos millones de españoles se habían pasado al menos doce meses sin trabajar, de los que la mitad no cobraba prestación alguna. Antes de marcharse del gobierno de España para ofrecerle sus servicios al carnicero venezolano, Zetaparo tomó una serie de medidas draconianas: reducción por decreto del sueldo de los funcionarios (lo que se llamó eufemísticamente "eliminación de la paga extra") y aumento de la jubilación a los 67 años, entre otras muchas.

La historia oficial cuenta que Zapatero se vio obligado a tomar esas medidas (y otras, como la modificación del artículo 135 de la constitución) por culpa de una crisis en cuya génesis el PSOE no tuvo nada que ver. Fue un fenómeno meteorológico, impredecible, inevitable, como un tornado o una ola de calor, contra el que no cabía acción alguna. Es mentira, claro. Simplemente el PSOE se comportó con su incompetencia habitual, la misma de la que el señor X hizo gala en la crisis del 93 y la misma que en la pandemia de 2020 provocó decenas de miles de muertos de más por negarse a izquierda a tomar medidas hasta que ya era demasiado tarde. Lo cierto es que entre el enésimo anuncio del final de la crisis y el discurso del tijeretazo pasó exactamente un mes y medio. Seis semanas en los que los "canallas y especuladores" de marzo de 2010 pasaron a ser "inversores cuya confianza había que recuperar" en mayo del mismo año. Zapatero se había negado a pronunciar la palabra "crisis" durante meses, usando en su lugar eufemismos maoístas para deficientes mentales como "desaceleración transitoria" o "periodo de dificultades objetivas", y tachando de "antipatriotas" a aquellos que osaran poner en duda la indiscutible fortaleza de la economía española.

El resumen es que Zapatero y su gobierno estuvieron mintiendo de manera descarada a los españoles durante toda la crisis, evitando tomar medidas más allá de lo puramente cosmético, maquillando los datos de empleo para hacerlos parecer mejor de lo que eran y anunciando una y otra vez que lo peor ya había pasado, hasta que la realidad les pasó por encima, a ellos y a todos nosotros. Por supuesto, las facturas de la catástrofe socialista las pagamos los ciudadanos de a pie. Los ministros de aquel gobierno nefasto se fueron colocando en chiringuitos públicos, consultoras con línea directa con el poder o, como en el caso del propio Zapatero, como lacayo perruno de la dictadura más sanguinaria del hemisferio occidental. Cinco millones y medio de parados tardaron mucho más en encontrar dónde colocarse. Buena parte de ellos habían votado al gobierno que provocó con su patética gestión su estancia en las listas del INEM. Una generación entera vio retrasada durante años su entrada en el mercado laboral, y las consecuencias de esa entrada tardía las notarán a lo largo de toda su carrera. Gracias, Zetapé.

"Menos Lamborghinis y más transporte público", es el último de los lemas para retrasados que ha parido el departamento de comunicación del PSOE para justificar una nueva subida de impuestos que, por supuesto, como todas las anteriores, no tendrá el efecto deseado, recaudará una ínfima parte de lo anunciado y no servirá para nada salvo para empeorar aún más la maltrecha economía española. La realidad es que con el gobierno de Pedro Sánchez la norma en el tráfico ferroviario es el caos. El colapso de la estación de Chamartín, la constantes desastres de las Cercanías madrileñas, las averías incontables en los trenes a Extremadura; son noticias que se repiten una y otra vez. Quien paga el pato, por supuesto, es el Paco Pérez que se come dos horas encerrado en un túnel volviendo del trabajo mientras el ministro Puente juega al golf o insulta a los pocos periodistas que no le succionan adecuadamente la bolsa escrotal. A los dueños del Lambo lo que haga un gañán presuntuoso y acomplejado con las Cercanías, la verdad es que se la manflinfla bastante.

"Si España hoy tiene un problema de vivienda es por el fracaso de las políticas neoliberales de las últimas décadas". Son palabras de Pedro Sánchez, marido de Begoña y presidente del partido que ha gobernado España casi quince de los últimos veinte años, y cuya ley estrella sobre el tema lleva un año y medio en vigor, 18 meses en los que la oferta de viviendas se ha desplomado y los precios de los alquileres no han hecho más que dispararse hasta niveles desconocidos. Desde que llegó al poder, Sánchez ha prometido cientos de miles de viviendas de protección oficial, de las cuales, hasta ahora y en seis años ha entregado un total de cero, sin que sorprendentemente nadie en la prensa independiente de la mañana o de cualquier otro momento del día le haya pedido cuentas al respecto. Cualquier persona alfabetizada entiende perfectamente que la situación actual es fundamentalmente culpa del gobierno, que para eso gobierna, pero Sánchez sigue lanzando lemas ridículos más propios de un adolescente no especialmente dotado, y la prensa sigue comprándoselos. Al fin y al cabo, es una compra recíproca.

Cada vez que el PSOE ha gobernado las condiciones de vida de los españoles han empeorado, en ocasiones hasta límites intolerables. Y sobre todo han empeorado las condiciones de los que objetivamente lo tienen peor, especialmente los jóvenes. Si una pareja de 30 años no puede ni siquiera pagarse el alquiler de un zulo en Barcelona o Madrid es por culpa casi en exclusiva de la endémica incompetencia socialista, pero la probabilidad de que esa pareja sea votante de la izquierda es extremadamente elevada. Les toca, pues, disfrutar de lo votado, y plantearse de una vez si esta izquierda que les trata como subnormales mientras sistemáticamente conspira contra su futuro es la que quieren que les represente.

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