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El apagón mundial en mi edificio

Lo bueno de la gente que vive en una conspiración permanente es que puedes convencerlos de cualquier tontería.

Lo bueno de la gente que vive en una conspiración permanente es que puedes convencerlos de cualquier tontería.
La emblemática Séptima Avenida, completamente a oscuras. | EFE

Se ha ido la luz en mi edificio. Me siento Santo Tomás de Aquino, escribiendo bajo una vela. La vecina del tercero, que se pasa el día leyendo periódicos estúpidos y viendo programas de televisión aún más estúpidos, ha salido corriendo por el pasillo chillando "¡ha llegado el gran apagón mundial! ¡Lo sabía!". He tratado de explicarle que no creo que se trate del apocalipsis zombie, sino que me inclino más porque el hippy del primero haya vuelto a fumar hierba de oferta y haya arrojado un cubo de agua sobre el cuadro de electricidad. El del décimo, que es más de izquierdas que Lenin y Mao juntos, alumbrando con un pequeño mechero, me ha señalado con el dedo: "¡tu maldito modo de vida negacionista sobre el cambio climático nos ha llevado a esto!". Me he limitado a apagar la llama de su mechero de un soplido, propinarle un bofetón, y culpar a la señora del tercero, también presente en la tiniebla: "Oiga, señora, ¡la violencia no conduce a nada!". Se han quedado discutiendo y yo he vuelto a mi artículo.

Este ensayo de gran apagón mundial está siendo más divertido que dramático. Por ejemplo, he invitado a cenar a casa a la vecina guapa, diciéndole que tengo un hornillo de butano para estas ocasiones y que sé cocinar pollo asado (naturalmente, voy a pedirlo a Glovo; no me gustaría morir calcinado, indigesto y a oscuras).

Lo que sí he descubierto es la brecha tecnológica. La ancianita del séptimo se ha asomado al descansillo con una vela de iglesia, mientras que los gamers del segundo están iluminando el portal con potentísimos lásers que salen de sus relojes. Yo, por mi parte, cristiano viejo, he salido a la escalera con una antorcha como Indiana Jones y entonando cánticos en latín. La costumbre.

Al rato nos hemos visto todos en el portal. Aún después de comprobar que el resto de la ciudad sí tiene luz, la histérica –un beso— del tercero sigue diciendo que estamos ante "el gran apagón". Lo bueno de la gente que vive en una conspiración permanente –da igual que sea el virus, que el apagón, que el cambio climático— es que puedes convencerlos de cualquier tontería; yo mismo le he dicho que anoche vi un dinosaurio revoloteando por su ventana, y que creía que se trata de las pruebas que está haciendo Putin para revivir animales extinguidos. Me lo he inventado, claro, pero para mi sorpresa, me interrumpió: "sé perfectamente quién es él y de qué laboratorio secreto procede, hay que protegerse". La tía habla del dinosaurio modificado genéticamente con la confianza y familiaridad de alguien con quien comparte alcoba. Lo malo es que resulta un poco cargante si hablas con ella más de 40 segundos, así que le he dicho: "señora, siento interrumpir la conversación, pero me espera a cenar el Yeti". No se ha reído. Y la vecina guapa me ha oído, tampoco se ha reído, y ha cancelado la cena. Al menos me he ahorrado el pollo asado.

De vuelta a casa, en un traspiés, he roto una lámpara del descansillo de un cabezazo, y los vecinos, lejos de ayudarme, han empezado a modificar el orden del día de la próxima reunión para incluir que debo pagarla o abandonar el edificio. Estos tipos tienen la voracidad de la Agencia Tributaria.

Gran expectación ha generado el matrimonio silencioso del quinto, que ha roto a hablar ante la imposibilidad de navegar por Internet. Cuenta la leyenda que en veinte años de casados solo se dirigieron la palabra una vez, él a ella, y fue para decirle: "préstame el cargador". Ella, que estaba muy ocupada comprando millones de cosas en Shein, respondió algo como "uhum".

Luego he sacado una guía que ha elaborado el Gobierno austríaco para hacer frente al gran apagón. Recomienda llenar la bañera porque el suministro podría cortarse. He ido a hacerlo y no ha salido ni gota: supongo que toda la maldita agua de la ciudad está ya en las bañeras de la paranoica del tercero. También he leído en la guía que es fundamental mantener el depósito por encima de la mitad. No tengo claro si se refiere al del coche o al mío, pero, por si acaso, me he bebido de golpe siete cervezas. Y dice también que hay que tener la despensa siempre llena; he ido a ver la mía y solo queda una lata de atún caducada desde los 80; es emocionante pensar que ese pez pudo haber nadado junto a Jim Morrison.

En la casa del chico del octavo, que está de viaje, están pitando todas las alarmas. Ocurre cada vez que se va la luz. Tiene uno de esos hogares inteligentes llenos de interruptores inalámbricos y maquinitas que hablan. Una de ellas, creo que es Alexa pero también podría ser la tostadora, está diciendo en bucle: "Algo funciona mal, algo funciona mal, algo funciona mal", lo que me hace sospechar que es una máquina realmente perspicaz. Estoy buscando mi viejo Winchester 73 para cerrarle la boca al robot desde la ventana del patio interior. Estoy a favor de la libertad de expresión, pero no puedo soportar que me repitan las cosas.

En fin, si este fin de semana no puedes leer este artículo significa que la luz no ha vuelto jamás, y supongo que a esta hora me estará devorando el dinosaurio de la loca del tercero. O eso, o que la vecina guapa ha aceptado finalmente mi invitación a cenar pollo en tinieblas, y estaré a esta hora descorchando champán, preguntándole a Chat GPT como demonios se mata un pollo, entonando rancheras a pleno pulmón, y coreando consignas faltonas contra el Gobierno.

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