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Psicoanálisis de Begoña Gómez

Ese empecinamiento por dirigir una cátedra nada menos que en la Universidad Complutense de Madrid igual remite al ámbito de la psique profunda.

Ese empecinamiento por dirigir una cátedra nada menos que en la Universidad Complutense de Madrid igual remite al ámbito de la psique profunda.
Intervención de Begoña Gómez. | Europa Press

Los problemas nada presuntos que los presuntos casos de corrupción surgidos en el entorno más íntimo e inmediato de Pedro Sánchez, tanto el que orbita en torno a su esposa como el que ya ha acabado con la carrera política de quien fuera su mano derecha en el partido, a mí me han hecho pensar en dos figuras que nada tienen que ver con el asunto. En concreto, vinieron a mi mente Josep Borrell, pero el que fuera ministro de Obras Públicas de Felipe Gonzalez, e Imelda Marcos, la célebre pareja del dictador filipino Ferdinand Marcos.

Mujer lastrada por la experiencia de una infancia vivida en la pobreza extrema, Imelda Marcos se hizo mundialmente célebre por su desmesurada colección personal de calzado, formada por los varios miles de pares de zapatos que amontonaba en el palacio presidencial cuando su marido fue derrocado. No hace falta ser un experto en psicoanálisis para saber que Freud hubiera tenido muchísimo que decir al respecto. Y es que ese empecinamiento extraño de Begoña Gómez por dirigir una cátedra nada menos que en la Universidad Complutense de Madrid, ella, una persona ajena por completo al ámbito de lo intelectual y académico, al punto de que ni tan siquiera posee una triste licenciatura con reconocimiento oficial, igual remite al ámbito de la psique profunda.

En cuanto al flashback del joven Borrell, cabe decir que me retrotrajo a la más involuntariamente cómica de sus comparecencias oficiales ante la prensa. Me refiero a aquella célebre en la que, recién estrenado como ministro del ramo, pidió en público a las grandes constructoras que no pagasen comisiones a los conseguidores de su propio partido, el PSOE, por obtener concesiones de obra pública. Huelga decir que, por supuesto, nadie en el sector se tomó en serio sus palabras. Al contrario, todas las empresas siguieron pagando religiosamente el 3% del presupuesto de las contratas. De sobras sabían que la alternativa hubiese sido verse expulsadas, y para siempre, del circuito público. Ábalos, nadie lo dude, no trabajaba por su cuenta y riesgo. Y de ahí que sea una bomba andante. ¿Explotará?

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