
Conocí a Víctor de la Serna cuando yo ejercía de guionista en RTVE en Sevilla. Se me había propuesto escribir para la revista del think tank Eurofórum, que se llamó Eurofórum 1992 una especie de confidencial en papel cuché para despachos y organizaciones de postín que suministraba información exclusiva y relevante. No sabía entonces quién era porque los de provincias somos muy descuidados con las cosas de la capital.
Se trataba de hacer análisis e investigaciones ad hoc sobre la marcha de la Expo 92. La revista y su grupo de publicación, así como la organización de referencia —llegó a ser Instituto Universitario—, eran propiedad de Manuel Rodríguez Casanueva, un rico empresario astur-mexicano, fundador del proyecto global con sede en un gran edificio en El Escorial. Uno de los escasos hombres de negocios que empleaba sus beneficios en construir puentes para un diálogo entre la Europa emergente, el mundo americano y la nueva Unión Soviética sin acepciones ideológicas.
Acudí a aquel centro, hoy Hotel Felipe II, del municipio madrileño en compañía de una persona bien relacionada con la izquierda política, que fue quien me introdujo en aquella curiosa aventura periodística. No recuerdo bien el año, pero no se había fundado aún El Mundo, que nació en octubre de 1989. Es decir, la Unión Soviética todavía existía y ya estaba gobernada por Mijaíl Gorbachov. La influencia de Casanueva y su organización debía ser muy esmerada porque se trataba de un encuentro de empresarios, directivos y periodistas con un muy alto cargo del régimen soviético. Nalbaldián se llamaba, creo, desde la insegura por mala memoria.
Recuerdo, eso sí, que cuando disertaba el ruso sobre las virtudes de la economía soviética de entonces, se levantó una persona que le espetó que cómo podía decir eso cuando en la URSS había una gran escasez de azúcar. Era Víctor de la Serna, que recibió una curiosa respuesta del comunista. No era cierto, le dijo. En la URSS se fabrica más azúcar que en Estados Unidos. Otra cosa es el uso que se le da. Confesó entonces que los intentos de restringir el consumo de alcohol por parte de las autoridades habían tenido como consecuencia el acaparamiento de azúcar para fabricar vodka en las casas, dando la apariencia de escasez.
Luego supe que Víctor de la Serna trabajaba en Eurofórum. De hecho, hablábamos de vez en cuando sobre los artículos que iba a mandar sobre la marcha de la Expo 92. Nunca tuve una instrucción, nunca una orientación, nunca una orden. Ya en 1989, sufriendo el desempleo tras no habérseme renovado el contrato en RTVE por mi enfrentamiento con su dirección andaluza desde el infamemente manipulado referéndum de la OTAN, recibí una llamada suya. Me preguntó si quería hacerme cargo de El Mundo en Andalucía. Naturalmente muy agradecido, aunque abrumado, le dije que sí, y así fui durante años el primer delegado de El Mundo en Andalucía.
No éramos amigos. Apenas nos conocíamos. Yo leía sus crónicas internacionales, de gastronomía (Fernando Point) o de baloncesto (Vicente Salaner) pero no teníamos contacto personal. En la redacción, los malvados le habían colocado el mote de El Poliglotón, en atención al montón de lenguas que hablaba y a su afición a la buena comida y al buen vino, aunque la última vez que lo vi, hace años, había perdido mucho peso.
Una de las pocas ocasiones en que me llamó fue para pedirme que hiciera un reportaje sobre la cocción de mariscos en Sanlúcar de Barrameda para la sección de Gastronomía de nuestro Magazine, el dominical. Así que llamé a la Venta Antonio, a las afueras de Jerez, caminito de Sanlúcar, concerté con su afamado propietario, Antonio García Archidona, una comida que iba a ser pagada por el periódico. Se unió al almuerzo el poeta Benito Pérez, abogado de señoritos, que me dijo sorbiendo una copa de amontillado: "Detrás de cada fortuna hay un crimen, amigo Pedro".
Fui a la célebre cocina, a ver la llegada del marisco, y asistí a la ceremonia de la cocedura. Agua hirviendo sin sal, echar el marisco con tiempo tasado según peso y una vez cambiado el color del rojo al blanco, nada de espera y volcado en una olla de hielo granizado con sal. Esos contrastes rompían la resistencia de las gambas, langostinos o bogavantes a ser pelados o abiertos con comodidad. No lo sabía. Aprendí mucho gracias a aquellos cocineros.
No me dejaron pagar a pesar de insistir. Jamás olvidaré lo que me dijo Antonio al oído. "Y, Pedro, ¿cuánto me va a costar esto?". Comprendí entonces que se refería a la mordida que algunos gastroperiodistas le habían exigido para que su restaurante fuera renombrado en ciertos medios. Naturalmente, le dije que nada, que cómo se le ocurría aquello y el artículo salió con buenas fotos y a dos páginas. Supe entonces que eso de la corrupción ya había anidado en muchas partes.
Víctor de la Serna y Arenillas, periodista de raza y tradición, bisnieto de Concha Espina, ha muerto. Nunca le agradecí lo que hizo por mi sin conocerme, sin condicionar, sin exigir. Lo hago ahora. Muchas gracias y descansa en paz.